Confieso que esa fue una de las mejores veces de mi piel . No le tenía mucha confianza a aquel espacio y resultó ser un elemento que contribuyó a la excitación total.
Era una de esas tardes en las que uno cree se dedicará a ver películas banas y a comer crispetas junto al otro. Pero un a decisión, aparentemente inocente, alteró todo el plan vespertino. Vi aquella hamaca colgando cerca del patio trasero y no resistí la tentación de pasar allí mi siesta. Él permaneció unos instantes frente al televisor viendo cualquier cosa; pero minutos más tarde reclamó la otra mitad de mi lecho colgante. No opuse resistencia a sentir su calor y dejé que me abrazara pegado, muy pegado a mí. Y fue esa cercanía la que produjo besos húmedos, cada vez más profundos, largos y pasionales, pronto Él ya no estaba a mi lado, sino sobre mí.
La hamaca respondía a las leyes básicas de la física y se movía de lado a lado generando aún más morbo entre los dos. Ya sus manos estaban en mis sur y su boca buscaba mis senos para palpar el grado de mi disposición. Eran ineludibles las ganas que sentíamos de una conexión profunda, y, de pronto, recordamos que el espacio era un tanto público, que los vecinos podrías ver la lujuria de nuestra carne. Lejos de que el asunto disipara el deseo encendió aún más el fuego de unas entrañas húmedas.
Con las prendas separadas de la piel en lo preciso y unos cuantos movimientos casi de contorsión, sus ganas entraron en las mías y comenzó una danza que nos estre"meció".
Fue muy fácil olvidar las ventanas de los demás, la concentración estaba puesta en cada sensación de poca libertad de movimiento y mucho contacto interno, el mejor de todos.
Fueron minutos maravillosos, pero el mejor instante fue aquel en que los gestos de su rostro estaban en sincronía con los espasmos en mis entrañas y el calor líquido que invadía mi hondo ser.
Curiosamente el vaivén de la hamaca pareció aumentar con el fin de la pasión
Los secretos de Vainilla son
Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
jueves, 3 de noviembre de 2011
Flying
Como el la economía, las deudas de amor y sexo bien capitalizadas pueden llegar a ser ahorros interesantes.
Quizá no fue una apuesta cazada con el dedo índice y de manera arbitraria me declaré ganadora para que él tuviera que pagarme, o mejor, cumplirme un antojo que había tenido desde hacía tanto.
Saltémonos el preámbulo, imagínenlo como quieran. Él estaba sentado en el piso, ya desnudo, completamente concentrado en armar bien el "avión". Yo moría de excitación con la sola idea y esperaba paciente recostada en el sofá, eso sí jugando con mis dedos para que el calor húmedo no se fuera. De cuando en cuando él volteaba a mirarme con morbo, apretaba uno de mis senos y seguía preparando nuestro vuelo.
¿De dónde sacó los insumos? No sé y no le pregunté, lo único que importaba era jugar con los cuerpos y los sentidos.
Aprovechamos el fuego de la chimenea y comenzamos el ritual. Unos cuantos besos desprevenidos y unas caricias profundas para la espera. No, no fue como la gente me decía que era. Yo no vi luces de colores mientras él entraba y salía de mí cuerpo, pero sí sentí todo más.
Estábamos teniendo sexo en el suelo, con las luces apagadas, bajo la tenue luz de la leña y revolcándonos en un tapete; pero yo sentía volar. Los cuerpos no pesaban nada y cada movimiento pélvico era más simple de hacer, pero más intenso en su placer. Sentía como mis entrañas se contraían fuertemente para percibir centímetro a centímetro su roce. Cada sentido estaba alerta, percibía cada contacto como una explosión de emociones internas y externas que se materializaban con líneas de lava deslizándose por mis piernas. Tal vez nuestros cuerpos en el suelo, pero la noche de sexo volaba más allá de todo.
Recorrí su piel erecta no sé cuántas veces pues todo camino era más corto y excitante, dejé algunas huellas visibles en su cuerpo porque creía que mis dedos podían hundirse en sus carnes como lo hacía él. No recuerdo casi cuánto tiempo o cómo estuvimos dispuestos y en dónde porque todo fueron sensaciones.
Sé que, no sé por qué, tiramos todos los objetos de la mesa de centro y allí me subí en su cintura tratando de dominar un segundo esa alma que nunca me deja descifrarla. Y en ese contacto directo de miradas de pasión las contracciones, casi convulsiones, de placer marcaron el final de un vuelo sin contratiempos y sí mucha diversión.
Quizá no fue una apuesta cazada con el dedo índice y de manera arbitraria me declaré ganadora para que él tuviera que pagarme, o mejor, cumplirme un antojo que había tenido desde hacía tanto.
Saltémonos el preámbulo, imagínenlo como quieran. Él estaba sentado en el piso, ya desnudo, completamente concentrado en armar bien el "avión". Yo moría de excitación con la sola idea y esperaba paciente recostada en el sofá, eso sí jugando con mis dedos para que el calor húmedo no se fuera. De cuando en cuando él volteaba a mirarme con morbo, apretaba uno de mis senos y seguía preparando nuestro vuelo.
¿De dónde sacó los insumos? No sé y no le pregunté, lo único que importaba era jugar con los cuerpos y los sentidos.
Aprovechamos el fuego de la chimenea y comenzamos el ritual. Unos cuantos besos desprevenidos y unas caricias profundas para la espera. No, no fue como la gente me decía que era. Yo no vi luces de colores mientras él entraba y salía de mí cuerpo, pero sí sentí todo más.
Estábamos teniendo sexo en el suelo, con las luces apagadas, bajo la tenue luz de la leña y revolcándonos en un tapete; pero yo sentía volar. Los cuerpos no pesaban nada y cada movimiento pélvico era más simple de hacer, pero más intenso en su placer. Sentía como mis entrañas se contraían fuertemente para percibir centímetro a centímetro su roce. Cada sentido estaba alerta, percibía cada contacto como una explosión de emociones internas y externas que se materializaban con líneas de lava deslizándose por mis piernas. Tal vez nuestros cuerpos en el suelo, pero la noche de sexo volaba más allá de todo.
Recorrí su piel erecta no sé cuántas veces pues todo camino era más corto y excitante, dejé algunas huellas visibles en su cuerpo porque creía que mis dedos podían hundirse en sus carnes como lo hacía él. No recuerdo casi cuánto tiempo o cómo estuvimos dispuestos y en dónde porque todo fueron sensaciones.
Sé que, no sé por qué, tiramos todos los objetos de la mesa de centro y allí me subí en su cintura tratando de dominar un segundo esa alma que nunca me deja descifrarla. Y en ese contacto directo de miradas de pasión las contracciones, casi convulsiones, de placer marcaron el final de un vuelo sin contratiempos y sí mucha diversión.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Alucinación número 2
Hace días no venía a divulgar uno de mis secretos, pero no ha sido falta de cuentos, quizá es justamente lo contrario... Aquí una nueva alucinación
Era una noche como cualquiera, había estado entretenida haciendo zapping hasta casi la media noche. Ese día ni siquiera habíamos hablado y como era tarde ya no quise importunarlo.
Me puse ropa cómoda, ni siquiera un pijama, simplemente algo con lo que pudiera dormir sin opresiones en el cuerpo y he de confesar que no era nada sexy.
Me metí entre mis sábanas frías y por un momento añoré que estuviera a mi lado.
Prendí la radio y abrí el libro que tenía en mi mesa de noche, leí unas cuantas hojas hasta que sentí que Morfeo me atrapaba en sus brazos. Apagué la luz y me quedé dormida no sé cuantos minutos u horas hasta que el sonido de mi móvil me devolvió a la realidad. Por un instante creí que era la alarma anunciando la hora de iniciar actividades, pero apenas pude medio reaccionar vi que era él llamando. Contesté y antes de que pudiera decir algo, él me dijo que abriera la ventana de mi habitación.
Aún sin comprender mucho lo hice y para mi sorpresa estaba allí. No dijo mucho, sólo pidió que le abriera la puerta y yo, sorprendida, tampoco pregunté y me limité a hacer lo que decía. No me saludó, no pronunció ni emitió ningún sonido, tampoco podíamos despertar a mis padres, se limitó a arrinconarme contra la pared y empezó a besarme desenfrenadamente. Aún no había despertado del todo y no entendía bien lo que pasaba, pero sus manos ya estaban metidas dentro de mi ropa, acariciando cada espacio de piel que podía, besando mi cuello y mis labios con rabia, con su pelvis pegada a la mía insinuando movimientos sexuales, completamente concentrado en un instante de lujuria inolvidable.
Claro que estaba sorprendida y él no me decía nada, tampoco me atrevía a romper el silencio, además qué habría podido decir ¿qué haces aquí? A esas alturas era más que obvio. Y bueno, asustada y todo estaba completamente excitada con su locura.
Empecé a corresponder sus acciones y pronto estábamos envueltos en una danza de deseo. Primero sentimos con la ropa encima y con caricias tan agresivas que recorrimos toda la pared, cuando llegamos a la otra esquina me susurró “no aguanto más” y me bajó los shorts, levantó mi camisa y apretó mis senos con fuerza, luego pasó su lengua para mitigar la sensación. Se concentró en mis pezones un instante para que yo me enfocara en esa sensación y me tomara por sorpresa, y sintiera más especial cuando de repente y sin avisar me penetró.
No había ninguna luz encendida, todos dormían y jamás pude saber qué hora era en realidad. Su cometido se cumplió cabalmente, la entrada de su sexo se sintió en cada poro de mi piel y produjo un hueco en el estómago. De inmediato los fluidos corporales aumentaron y las ganas respondieron de la misma forma. Estaba completamente a su merced, me era imposible reaccionar cuando estaba envuelta en ese cúmulo de sensaciones y de placer. Después de estar un rato teniendo sexo contra uno de los muros de mi casa, me tomó de las nalgas y me levantó, me llevó hasta el pollo de la cocina y lo improvisamos como lecho. Tomó mi rostro y me miró con ganas, clavó sus ojos en mis senos y luego en mis labios, me besó largo rato hasta que pude sentir que el movimiento de su boca se apuraba y que me apretaba fuerte contra él, un leve gemido salió de su voz y sólo por ese instante cerró sus ojos y los apretó unos segundos.
Permaneció junto a mí unos minutos, en silencio como todo el acto, pasaba sus manos despacio por mi rostro y ahora el aura de deseo se había vuelto de ternura.
Quince minutos más tarde se vistió y salió de la misma forma en que entró y yo me fui de nuevo a la cama sin entender si había vivido o soñado una de las faenas más improvisadas y divertidas de mi existencia.
domingo, 19 de junio de 2011
A fuego lento
Quizá podría apelar más a historias fantásticas llenas de hechos espectaculares de esos que todos soñamos con que nos pasen, pero entonces Vainilla dejaría de cumplir una de sus misiones: reflejar esas historias que nos suceden más a menudo y que finalmente son las que realmente encienden la chispa de nuestros deseos.
Siempre he pensado que uno de los ambientes más eróticos, sensuales y adecuados par tener sexo es el campo.
Y mucho mejor si se trata de una finca bien adecuada y en completa soledad para el disfrute y descubrimiento pleno de los placeres amatorios. De eso se trata la historia de esta semana.
Habíamos llegado hacía un buen rato, pero no había prisa. El tiempo era todo nuestro, no existían presiones, ni acompañantes, sólo él y yo para querernos una vez más. Hicimos una cena romántica a la luz del fuego de una chimenea que hacía del ambiente aún más perfecto. Nos tomamos un vino, tinto como me gusta , hablamos un rato y cuando la noche estaba en su plena mitad extendimos unas cobijas frente al fuego.
La danza de las llamas envolvía nuestras miradas que se conjugaban con besos profundos, de esos que tanto lo excitan a él. Poco a poco ya no supe si el calor de mi cuerpo era producto de la leña ardiendo o de la sangre hirviendo de deseo en mis venas. Y los besos dieron paso a unas caricias un poco tímidas, los dedos hurgaban lento las partes, abriéndose espacio entre trozos de tela que a esas alturas comenzaban a estorbar. Cada vez se hacía más necesario quitar del tacto todas las prendas que impedían una completa exploración del cuerpo del otro, que por más conocido que fuera, con la luz sepia del instante, parecía otra piel.
Ahora, completamente desnudos comenzó nuestra cadencia de caderas, pero sólo con el roce de nuestras ganas, aún sin la intervención, ni la conexión total.
Sus besos comenzaron en mi cuello, alerta y más sensible que jamás. Mientras tanto, sus manos agarraban con fuerza como él sabe, uno de mis senos y luego el otro. El recorrido de su boca continuó firme su descenso por mi cuerpo descubierto y listo para ese hombre, mordió mis pezones sin temor ni vergüenza, lamió mi ombligo y trazó una línea directa hacia mi sur. Y allí permaneció un largo rato, haciendo alarde de su rutina perfecta de lengua y dedos, esa que me lleva hasta la demencia total.
Fue muy obvio que estaba más que lista para que se fusionara con mi ser. El sonido de los palos quemados se confundía con el de nuestras voces ahogadas de placer, la verdad no hubo aquellas posiciones divertidas y raras que a veces ensayamos, esta vez queríamos querernos, lento, rítmico, cadencioso, con la mirada fija en los ojos del otro, a veces él arriba, otras yo al mando.
No supe cuantos minutos exactos estuvimos siendo uno, creo que cuando se está tan íntimamente concentrados, conectados, nada más importa. Sus labios se fundieron con los míos en un beso de los primeros, esta vez para celebrar el final perfecto de una velada mágica. Exhaustos nos envolvimos en una manta y en un abrazo y perdimos la conciencia gracias al cansancio producto de la vez. Nos quedamos dormidos al lado de la chimenea que aún ardía a fuego lento.
Siempre he pensado que uno de los ambientes más eróticos, sensuales y adecuados par tener sexo es el campo.
Y mucho mejor si se trata de una finca bien adecuada y en completa soledad para el disfrute y descubrimiento pleno de los placeres amatorios. De eso se trata la historia de esta semana.
Habíamos llegado hacía un buen rato, pero no había prisa. El tiempo era todo nuestro, no existían presiones, ni acompañantes, sólo él y yo para querernos una vez más. Hicimos una cena romántica a la luz del fuego de una chimenea que hacía del ambiente aún más perfecto. Nos tomamos un vino, tinto como me gusta , hablamos un rato y cuando la noche estaba en su plena mitad extendimos unas cobijas frente al fuego.
La danza de las llamas envolvía nuestras miradas que se conjugaban con besos profundos, de esos que tanto lo excitan a él. Poco a poco ya no supe si el calor de mi cuerpo era producto de la leña ardiendo o de la sangre hirviendo de deseo en mis venas. Y los besos dieron paso a unas caricias un poco tímidas, los dedos hurgaban lento las partes, abriéndose espacio entre trozos de tela que a esas alturas comenzaban a estorbar. Cada vez se hacía más necesario quitar del tacto todas las prendas que impedían una completa exploración del cuerpo del otro, que por más conocido que fuera, con la luz sepia del instante, parecía otra piel.
Ahora, completamente desnudos comenzó nuestra cadencia de caderas, pero sólo con el roce de nuestras ganas, aún sin la intervención, ni la conexión total.
Sus besos comenzaron en mi cuello, alerta y más sensible que jamás. Mientras tanto, sus manos agarraban con fuerza como él sabe, uno de mis senos y luego el otro. El recorrido de su boca continuó firme su descenso por mi cuerpo descubierto y listo para ese hombre, mordió mis pezones sin temor ni vergüenza, lamió mi ombligo y trazó una línea directa hacia mi sur. Y allí permaneció un largo rato, haciendo alarde de su rutina perfecta de lengua y dedos, esa que me lleva hasta la demencia total.
Fue muy obvio que estaba más que lista para que se fusionara con mi ser. El sonido de los palos quemados se confundía con el de nuestras voces ahogadas de placer, la verdad no hubo aquellas posiciones divertidas y raras que a veces ensayamos, esta vez queríamos querernos, lento, rítmico, cadencioso, con la mirada fija en los ojos del otro, a veces él arriba, otras yo al mando.
No supe cuantos minutos exactos estuvimos siendo uno, creo que cuando se está tan íntimamente concentrados, conectados, nada más importa. Sus labios se fundieron con los míos en un beso de los primeros, esta vez para celebrar el final perfecto de una velada mágica. Exhaustos nos envolvimos en una manta y en un abrazo y perdimos la conciencia gracias al cansancio producto de la vez. Nos quedamos dormidos al lado de la chimenea que aún ardía a fuego lento.
jueves, 9 de junio de 2011
Escondidos en público
Quizá muchos de ustedes lo hayan experimentado y creo que muchos estarán de acuerdo en que es muy placentero sentir el peligro de ser descubiertos teniendo sexo.
Era uno de esos días de reuniones y visitas en casa. Había ido una asesora comercial de mi padre con toda su familia y se había organizado una pesada ceremonia en torno a su presencia. Sin embargo, sólo una mirada de aquellas, hizo inventar cualquier pretexto para desaparecer con él.
Metros más adelante los besos apasionados dieron inicio a una ola de calor corporal incontenible. La gente iba y venía a nuestro alrededor, pero las ganas aumentaban incontrolablemente.
Lo arrinconé contra una pared que tapaba un poco un enorme buró, desde ahí podíamos ver pasos en el suelo caminando cerca y así alertarnos.
Las manos acompañaron los besos lujuriosos, trazaron rutas por cada centímetro de piel que era susceptible de deseo y excitación. Sin preguntar abrió el cierre de mi jean y lo desabrochó totalmente, jugó un rato con sus dedos mientras yo perdía toda noción de respeto y me sumía en un profundo descaro. Una vez sintió las pruebas húmedas de mis pretensiones, fue más allá y bajó mi pantalón hasta las rodillas. Me miró con esa cara de morbo que tanto me agrada y se arrodilló frente a mi sexo. Si bien la postura no ayudaba mucho al deslizamiento efectivo de su lengua, el sólo hecho de sentir dónde estaba y haciendo qué, logró extasiarme hasta la demencia.
Luego de un rato perfecto de caricias bajas, se puso de pie y me volteó la cara hacia la pared, se bajó un poco su ropa y entró hasta mis profundidades. No había tiempo de nada lindo, sólo carne, sólo piel.
Sentía su respiración en mi cuello, el aire salía absolutamente caliente y contribuía a mi pasión. Los ruidos habían dejado de importar, aunque de cuando en cuando retornábamos la mirada para comprobar la ausencia de ojos en nuestro acto.
Sus manos se sujetaron de mi cintura con fuerza, sentí como su cuerpo se endurecía aún más y luego unos espasmos rítmicos dieron paso a un pequeño suspiro de placer.
Justo terminábamos y la voz de mi madre pronunció mi nombre, era hora de almorzar.
Nos subimos la ropa raudos, pero calmados, y yo asomé primero la cabeza. Fui, envuelta en calma y llena de satisfacción y me senté en la mesa, después llegó él. No había pasado nada.
miércoles, 1 de junio de 2011
Cumpliendo fantasías ajenas
Apenas nos acostumbrábamos a conectar nuestros cuerpos, la verdad yo no sentía tanta confianza aún. Ese hombre me encantaba, fue el primero que caminó mi piel y mi alma. Habíamos acabado de tener sexo, yo quedé bajo su piel pálida, él me besó y se recostó en mis senos un rato. De repente alzó su rostro un poco hasta encontrar mi mirada y me dijo: -¿Sabes qué me gustaría mucho y me haría feliz?
-¿Qué? Le contesté ansiosa de un plan macabro.
-Siempre he querido "tirar" en un cementerio ¿te le mides, niña?
No le contesté nada, sólo lo besé hasta que retomó su vaivén de cadera entrando y saliendo de mí. Pero su propuesta quedó rondando mi mente inocente, en ese entonces, por muchos días.
No sé cuánto tiempo después, la vida se confabuló y con excusas maravillosas escapé con él a otro pueblo. El primer día del travesía estuvimos acompañados por el resto de viajeros en una fiesta alocada, llena de licor. Ambos ingerimos un número indeterminado de copas y, aunque él no era afectuoso conmigo en público, se notaba que moría por tenerme. Bailamos y los relieves corporales confirmaban mis sospechas, el calor se apoderó de todo el ambiente, de mi cuerpo, del suyo. Deseábamos que todo concluyera, que todos quisieran irse a otros lugares. Antes de media noche el cansancio del bus se apoderó de los demás y el grupo se disolvió. No podíamos ir al hotel, seríamos la comidilla de nuestros compañeros quienes ni sospechaban nuestros encuentros. Pedimos un taxi, con las luces apagada comenzó un ritual de besos y manos desesperadas, tocando cada cosa, cada espacio posible que la ropa dejaba.
Nos bajamos en cualquier calle, él miró varias posibilidades, se decidió por un callejón que comunicaba dos barrios del pueblo. En medio había un pequeño puente de madera que adornaba el sitio, estaba un poco luminoso, pero no importó. Nos paramos en medio y él me arrastró hasta una de las barandas, comenzó por mi cuello, puso sus manos en mi cintura y siguió pasando su lengua hasta encontrar mi oreja. Estaba excitado, pero no se atrevía a mucho por la afluencia de público, aún a más de las doce. No lo resistí, puse mis manos en su entrepierna y sentí sus anhelos de mí. Fui más allá, metí mis dedos dentro del pantalón y acaricié sin vergüenza su pene erecto. Se asustó un poco, pero rápidamente se dejó llevar por mis ganas y mi borrachera y me dijo -Sí, tócame... Quiero tus manos, quiero hacerte mía, aquí, dónde sea.-
Seguimos así un lapso corto, era imposible no concretar. Me detuvo un rato y caminó unos pasos, -Allí hay un prado, la sombra de los árboles no deja ver mucho ¿te le mides?- Me dijo casi implorando.
-Claro, contesté impávida. Las muchas copas de ron me habían dado una insospechada valentía y una desvergüenza absoluta.
Cruzamos unas cuerdas de alambre de esas que se usan para delimitar potreros de ganado. Caminamos unos metros y escogimos un terreno llano al lado de una quebrada. Puso su chaqueta en el suelo a modo de sábana y sin más preámbulos engorrosos comenzó a desnudarme. Me tumbó en el prado, se quitó sus prendas, le abrí mis piernas y comenzó el delirio. Recuerdo el sonido del agua pasando cerca a mis pies, mitigando mis gemidos de placer, la visión de la luna posada en el cielo y las ramas de eucalipto movidas por el viento. Recuerdo sus ojos concentrados en los míos, sus manos cogiendo mis senos y rozando mi cuerpo con brusquedad y torpeza deliciosa. Recuerdo que me sentí expuesta cuando pasé a estar encima y noté que gente cruzaba el sendero en el que nos habíamos besado antes, me excité aún más.
Mis muslos se inundaban de fluidos resbaladizos, su rostro cambiaba de tono y explotaba su voz gruesa gracias a nuestro sexo. Quedamos exhaustos tendidos en el piso natural, me llenó de besos y reímos de las picaduras de insectos en nuestra piel.
Deshicimos el camino cansados, borrachos y satisfechos. Entramos al hotel y fingimos no conocernos tanto.
Al día siguiente había recorrido turístico por el pueblo. El guía nos llevó a los lugares emblemáticos de la municipalidad, el recorrido terminaba, pero antes llegamos a ese lugar. El cruce, el puente, la manga, nuestra manga. Disimulando las culpas quisimos entender cuál era la importancia del sitio. El guía narró que allí había sido el primer cementerio de la localidad, justo donde habíamos hecho el amor, donde yo había besado su sexo y el el mío, donde me había tumbado con la mirada al suelo para estrecharle su paso, donde habíamos hecho conexión encima de quién sabe qué.
Él se me acercó y susurró -Me cumpliste, ahora mismo estoy deseoso de sólo pensarlo-
-¿Qué? Le contesté ansiosa de un plan macabro.
-Siempre he querido "tirar" en un cementerio ¿te le mides, niña?
No le contesté nada, sólo lo besé hasta que retomó su vaivén de cadera entrando y saliendo de mí. Pero su propuesta quedó rondando mi mente inocente, en ese entonces, por muchos días.
No sé cuánto tiempo después, la vida se confabuló y con excusas maravillosas escapé con él a otro pueblo. El primer día del travesía estuvimos acompañados por el resto de viajeros en una fiesta alocada, llena de licor. Ambos ingerimos un número indeterminado de copas y, aunque él no era afectuoso conmigo en público, se notaba que moría por tenerme. Bailamos y los relieves corporales confirmaban mis sospechas, el calor se apoderó de todo el ambiente, de mi cuerpo, del suyo. Deseábamos que todo concluyera, que todos quisieran irse a otros lugares. Antes de media noche el cansancio del bus se apoderó de los demás y el grupo se disolvió. No podíamos ir al hotel, seríamos la comidilla de nuestros compañeros quienes ni sospechaban nuestros encuentros. Pedimos un taxi, con las luces apagada comenzó un ritual de besos y manos desesperadas, tocando cada cosa, cada espacio posible que la ropa dejaba.
Nos bajamos en cualquier calle, él miró varias posibilidades, se decidió por un callejón que comunicaba dos barrios del pueblo. En medio había un pequeño puente de madera que adornaba el sitio, estaba un poco luminoso, pero no importó. Nos paramos en medio y él me arrastró hasta una de las barandas, comenzó por mi cuello, puso sus manos en mi cintura y siguió pasando su lengua hasta encontrar mi oreja. Estaba excitado, pero no se atrevía a mucho por la afluencia de público, aún a más de las doce. No lo resistí, puse mis manos en su entrepierna y sentí sus anhelos de mí. Fui más allá, metí mis dedos dentro del pantalón y acaricié sin vergüenza su pene erecto. Se asustó un poco, pero rápidamente se dejó llevar por mis ganas y mi borrachera y me dijo -Sí, tócame... Quiero tus manos, quiero hacerte mía, aquí, dónde sea.-
Seguimos así un lapso corto, era imposible no concretar. Me detuvo un rato y caminó unos pasos, -Allí hay un prado, la sombra de los árboles no deja ver mucho ¿te le mides?- Me dijo casi implorando.
-Claro, contesté impávida. Las muchas copas de ron me habían dado una insospechada valentía y una desvergüenza absoluta.
Cruzamos unas cuerdas de alambre de esas que se usan para delimitar potreros de ganado. Caminamos unos metros y escogimos un terreno llano al lado de una quebrada. Puso su chaqueta en el suelo a modo de sábana y sin más preámbulos engorrosos comenzó a desnudarme. Me tumbó en el prado, se quitó sus prendas, le abrí mis piernas y comenzó el delirio. Recuerdo el sonido del agua pasando cerca a mis pies, mitigando mis gemidos de placer, la visión de la luna posada en el cielo y las ramas de eucalipto movidas por el viento. Recuerdo sus ojos concentrados en los míos, sus manos cogiendo mis senos y rozando mi cuerpo con brusquedad y torpeza deliciosa. Recuerdo que me sentí expuesta cuando pasé a estar encima y noté que gente cruzaba el sendero en el que nos habíamos besado antes, me excité aún más.
Mis muslos se inundaban de fluidos resbaladizos, su rostro cambiaba de tono y explotaba su voz gruesa gracias a nuestro sexo. Quedamos exhaustos tendidos en el piso natural, me llenó de besos y reímos de las picaduras de insectos en nuestra piel.
Deshicimos el camino cansados, borrachos y satisfechos. Entramos al hotel y fingimos no conocernos tanto.
Al día siguiente había recorrido turístico por el pueblo. El guía nos llevó a los lugares emblemáticos de la municipalidad, el recorrido terminaba, pero antes llegamos a ese lugar. El cruce, el puente, la manga, nuestra manga. Disimulando las culpas quisimos entender cuál era la importancia del sitio. El guía narró que allí había sido el primer cementerio de la localidad, justo donde habíamos hecho el amor, donde yo había besado su sexo y el el mío, donde me había tumbado con la mirada al suelo para estrecharle su paso, donde habíamos hecho conexión encima de quién sabe qué.
Él se me acercó y susurró -Me cumpliste, ahora mismo estoy deseoso de sólo pensarlo-
jueves, 5 de mayo de 2011
Premonición
Cómo concentrarme si estoy pensando en vos.
No he podido obligar a mi mente, sigue insinuante rememorando en cada centímetro de tu piel tibia. Vago lentamente por todas las memorias que tengo de nuestro ayer y sé que mañana será mejor.
Sólo vos has logrado hallar en mi cuerpo desnudo el punto exacto dónde explota el placer y has entendido cómo provocarme par a acceder a renacer.
He desabrochado todos los botones de esa camisa que tanto me gusta, tu pantalón hace rato está tirado al lado de la cama a medio destender. Es obvio que la ropa interior estorba, te has inclinado en al orilla del aposento y yo camino lento hasta vos.
Sigo con ropa y eso me da una posición ventajosa, manejo la situación a pesar del susto de la renovación. Sigues siendo vos, sigo siendo yo.
Ya he besado sin prisa esos lugares que me sé de memoria, no hablas, no puedes hacerlo. El calor empieza a emanar de la piel aún sin haber entrado en el ritual.
Me quito cada prenda al son de la canción que suena en el radio del hotel, juego a que no me conoces y trabajo para vos. Intento comportarme como apenas puedo ser, dejo que se apodere de mis huesos la lujuria de una pasión que parecía olvidada.
Tendido con la mirada en el cielo, me propongo llevarte hasta allá, demostrarte cuánto te deseo con cada paso que doy en vos. Entro.
Han dejado de sonar las melodías y se escucha con más fuerza el tic tac del reloj. No nos apresura, sólo provee un ritmo en el amor. Estoy encima, sigues bajo mi control, bajo mis movimientos, con los ojos cerrados y los sentidos despiertos.
Acaricias mis senos casi drogado, me pasas tus dedos húmedos justo allí, entierras tus uñas en las carnes de mis nalgas, a veces combinadas con una palmada seca. Apenas si logras arquear tu espalda para alcanzar, de cuando en cuando, mi boca y llenarme de besos que pierden su técnica para ser trazos violentos de deseo.
Me tomas por la cintura y me dices "ya no más, ahora me toca a mí", me tiras con suave brusquedad contra las sábanas y tu voz en el teléfono me recuerda "mañana me sentirás"...
No he podido obligar a mi mente, sigue insinuante rememorando en cada centímetro de tu piel tibia. Vago lentamente por todas las memorias que tengo de nuestro ayer y sé que mañana será mejor.
Sólo vos has logrado hallar en mi cuerpo desnudo el punto exacto dónde explota el placer y has entendido cómo provocarme par a acceder a renacer.
He desabrochado todos los botones de esa camisa que tanto me gusta, tu pantalón hace rato está tirado al lado de la cama a medio destender. Es obvio que la ropa interior estorba, te has inclinado en al orilla del aposento y yo camino lento hasta vos.
Sigo con ropa y eso me da una posición ventajosa, manejo la situación a pesar del susto de la renovación. Sigues siendo vos, sigo siendo yo.
Ya he besado sin prisa esos lugares que me sé de memoria, no hablas, no puedes hacerlo. El calor empieza a emanar de la piel aún sin haber entrado en el ritual.
Me quito cada prenda al son de la canción que suena en el radio del hotel, juego a que no me conoces y trabajo para vos. Intento comportarme como apenas puedo ser, dejo que se apodere de mis huesos la lujuria de una pasión que parecía olvidada.
Tendido con la mirada en el cielo, me propongo llevarte hasta allá, demostrarte cuánto te deseo con cada paso que doy en vos. Entro.
Han dejado de sonar las melodías y se escucha con más fuerza el tic tac del reloj. No nos apresura, sólo provee un ritmo en el amor. Estoy encima, sigues bajo mi control, bajo mis movimientos, con los ojos cerrados y los sentidos despiertos.
Acaricias mis senos casi drogado, me pasas tus dedos húmedos justo allí, entierras tus uñas en las carnes de mis nalgas, a veces combinadas con una palmada seca. Apenas si logras arquear tu espalda para alcanzar, de cuando en cuando, mi boca y llenarme de besos que pierden su técnica para ser trazos violentos de deseo.
Me tomas por la cintura y me dices "ya no más, ahora me toca a mí", me tiras con suave brusquedad contra las sábanas y tu voz en el teléfono me recuerda "mañana me sentirás"...
lunes, 25 de abril de 2011
Recomendado
Hoy les dejo esta recomendación... "Porque no siempre todo sale bien y no nos las sabemos todas... menos aún en las sábanas".
http://www.tuguiasexual.com/errores-al-hacer-el-amor.html
http://www.tuguiasexual.com/errores-al-hacer-el-amor.html
viernes, 22 de abril de 2011
Días Húmedos
Aprovecharé que este clima de lluvias ha hecho que mis recuerdos se asomen para narrar una de las veces que más me hacen poner los pelos de punta cuando la pienso.
Yo sabía que a él le gustaba mucho que le recibiera visitas en pijama, principalmente si era aquella falda rosada que llegaba hasta la mitad de mis piernas. No recuerdo por qué llegó tan tarde a casa, pero yo ya estaba desesperada pues creía que mis planes se iban a quedar en ganas.
Había imaginado enredarlo en mis piernas hasta que el reloj desapareciera de sus prioridades y tuviera que despertar a mi lado. Mi treta surtió efecto, cuando me vio envuelta sólo en ese pedazo te trapo le fue inevitable esconder su cara de lujuria. Sin embargo, como suele suceder, las cosas no salieron como lo había preparado. Esa noche mi casa se llenó de compañías y las horas comenzaron a pasar sin que pudiera, al menos, encerrarlo en el baño de mi alcoba y sentirlo en mí por un instante.
El cielo estalló en rayos y, así como estos días, la lluvia se desató incontrolable. Los visitantes escaparon y yo dejé volar mi imaginación. Apagué todas las luces de mi apartamento, él, lleno de curiosidad, se dejó llevar. Lo arrastré hasta la zona verde de mi casa y dejé que lo acariciara primero la lluvia torrencial de la madrugada. Cuando estuvo lo suficientemente ansioso, me dejé mojar la piel hasta que la pijama se ciñó a mi cuerpo evidenciando las zonas más protuberantes.
Visiblemente excitado me preguntó que quería hacer, le respondí desnudándome por completo y caminando bajo el agua hasta el garaje. Me eché boca arriba en el carro, abrí un poco mis piernas y lo esperé. Su mirada estaba absorta en cada centímetro de mi blancura, pasmado, quieto e inquieto. Trazó sus pasos de forma segura mientras abría su bragueta, en la noche oscura pude ver con claridad el contorno que aparecía hambriento desde su pantalón. Separó mis piernas con un movimiento leve, cogió mis muslos y me levantó hasta que nuestras pelvis quedaron alineadas, jugueteó un rato desde afuera para estimularme, me besó cada espacio posible. La lluvia me caía furiosa, los golpes de las gotas tenían mis pezones rígidos e inquietos y él lo notó inmediatamente. Cogió mis senos con sus manos y los palpó embriagado de ganas. Él seguía vestido, sólo con lo necesario al aire, la sensación de piel y tela mojada agudizó nuestros sentidos y ansias.
Después de un rato de juegos, hicimos conexión. Las múltiples humedades no se distinguían, lo estábamos haciendo despacio y la posición favorecía una interacción muy profunda, no había por qué apurarnos, mientras durara el aguacero había un estímulo de más para seguir. Fue necesario ahogar nuestras voces de placer pues el lugar era bastante público, igual estábamos demasiado lejos mentalmente como para pensar el la posibilidad de ser vistos. El agua volvió la superficie del automóvil resbaladiza, así que me bajé, le di la espalda y expuse mis nalgas para que hallara su entrada. Una vez en mí, intenté contraerme despacio para que me sintiera más, sabía que esa postura lo elevaría más.
Con el cuerpo completamente inundado, las sensaciones empezaron a ser inevitables. Todo, el sitio, la lluvia, la desnudez y la ropa, los besos y el roce bajo el agua me hicieron tener una de las noches más memorables.
Él trazó una linea por mi espalda con todo su placer y no fue suficiente, así que continuamos en una sesión de pasión hasta que la oscuridad se empezó a disipar. Era hora de huir.
Y como por estos días el cielo no da tregua, serán aprovechadas esta época de invierno para repetir faenas al aire libre.
jueves, 21 de abril de 2011
Egoismo
Ajá, nadie discute el poder del sexo en pareja, pero ¿no les parece que a veces es muy rico el placer propio?
Hoy no habrá historia porque la construiré (la haré físicamente) durante este día helado, pero no me iré sin dejarles una propuesta.
Escápense un rato, huyan a su cuarto o, para hacerlo aún más audaz, en dónde sea que estén y con quién estén, hagan una pausa. Eleven sus pensamientos hasta sus fantasías más oscuras, piensen en ese él o esa ella que los trasnocha y deslicen sus manos hasta su entre pierna. Siéntanse, dense caricias a su ritmo, hagan el amor con ustedes mismos.
Me cuentan si hicieron la tarea...
Auto complacerse te libera... Besos.
Hoy no habrá historia porque la construiré (la haré físicamente) durante este día helado, pero no me iré sin dejarles una propuesta.
Escápense un rato, huyan a su cuarto o, para hacerlo aún más audaz, en dónde sea que estén y con quién estén, hagan una pausa. Eleven sus pensamientos hasta sus fantasías más oscuras, piensen en ese él o esa ella que los trasnocha y deslicen sus manos hasta su entre pierna. Siéntanse, dense caricias a su ritmo, hagan el amor con ustedes mismos.
Me cuentan si hicieron la tarea...
Auto complacerse te libera... Besos.
martes, 19 de abril de 2011
Alucinación número uno
By Vainilla
Mis dedos habían frenado el movimiento vertiginoso en el terreno húmedo de la autocomplacencia, ahora su posición variaba de acuerdo a cada estímulo que él provocaba. Eran sus dedos los que habían relevado los míos y obligaban mis manos a atarse con fuerza de la misma nada.
Sé que lo pensé mucho y no recuerdo en qué momento o por qué le dije que sí. Creí que mientras recorría la distancia que me separaba de su cuerpo podría contestarme esas y otras preguntas; sin embargo cuando pude regresar de no sé dónde ya me encontraba desnuda, tumbada en su cama grande con su cuerpo moreno rozándome hasta la culpa.
Sus manos cambiaron la ruta sureña, de un movimiento abrupto me ataron por la cintura e hicieron girar mi cuerpo hasta que mi boca besó sus sábanas verdes. La característica humedad de una lengua excitada comenzó el recorrido un poco más debajo de las rodillas, pequeñas caricias pincelaron la cara interna de mi muslo hasta hallar el objetivo hirviente de ganas. Hizo uso de unas destrezas particulares para lograr acariciar lo más sensitivo de mí desde atrás. Estaba al borde de la demencia, he de confesarlo, no podía más que emitir sonidos de gusto en señal de placer.
Él estaba excitado, podía notarlo con el cambio de ritmo en su respiración y lo confirmé cuando, inesperadamente y sin pedir permiso, entro en mí con toda su fuerza. Se apeó de mis hombros y empezó a moverse con esa brusquedad que me encanta.
Yo le había dicho que le prohibía palabras cuerdas, diálogos con sentido y preguntas absurdas, así que dejó aflorar su instinto más animal y se limitó a cumplir todo lo que me había prometido por teléfono.
Sus manos se enredaron en mi cabello hasta hacerme subir la cabeza, me besó el cuello con brusquedad y volvió a cambiarme de postura. Me levantó de la cama, cerró la puerta de su cuarto y me arrastró hasta el espejo de cuerpo entero que tenía en la pared. Estregó mis senos contra él y volvió a penetrarme, la vista era inmejorable y su cara de lujuria inspiradora. Así estuvimos unos minutos, hasta que me volví e incumplí la promesa que le había hecho: no besarlo en los labios. Él sintió que había logrado desatarme de mi moral, que era suya completamente.
Lo tiré en la cama, abrí mis piernas y lo entré en mí. Comencé una danza de caderas que hasta hoy ningún hombre ha podido resistir, sus ojos se cerraron y tenía que morderse los labios cada que giraba mi cintura en su pelvis. Sentía que estaba cerca del cielo así que el corazón de mi mano derecha regresó hasta ese pequeño productor de éxtasis y las estrellas se acercaron a toda velocidad. No sé cuánto duró, pero cada espasmo de mi cuerpo me envolvía en esas sensaciones imposibles de explicar de un orgasmo monumental. Gemí, agarré mi pelo y aruñé su pecho, él se quería enloquecer de ganas y yo me incorporé rápidamente para complacer sus tentaciones. Lo rodeé con mis labios mientras se ponía más rígido cada instante, hice con mi lengua lo que tanto ama hasta que sentí que sus fluidos inundaban mi garganta y un grito grave se ahogaba en una almohada.
Aún desnuda, complacida, pero no satisfecha caminé hasta el bañó, me volteé, lo miré y le hice señas de aquellas mientras abría la lleve del agua caliente y pensé: vale la pena ser infiel.
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