Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

domingo, 19 de junio de 2011

A fuego lento

Quizá podría apelar más a historias fantásticas llenas de hechos espectaculares de esos que todos soñamos con que nos pasen, pero entonces Vainilla dejaría de cumplir una de sus misiones: reflejar esas historias que nos suceden más a menudo y que finalmente son las que realmente encienden la chispa de nuestros deseos.

Siempre he pensado que uno de los ambientes más eróticos, sensuales y adecuados par tener sexo es el campo.
Y mucho mejor si se trata de una finca bien adecuada y en completa soledad para el disfrute y descubrimiento pleno de los placeres amatorios. De eso se trata la historia de esta semana.

Habíamos llegado hacía un buen rato, pero no había prisa. El tiempo era todo nuestro, no existían presiones, ni acompañantes, sólo él y yo para querernos una vez más. Hicimos una cena romántica a la luz del fuego de una chimenea que hacía del ambiente aún más perfecto. Nos tomamos un vino, tinto como me gusta , hablamos un rato y cuando la noche estaba en su plena mitad extendimos unas cobijas frente al fuego.
La danza de las llamas envolvía nuestras miradas que se conjugaban con besos profundos, de esos que tanto lo excitan a él. Poco a poco ya no supe si el calor de mi cuerpo era producto de la leña ardiendo o de la sangre hirviendo de deseo en mis venas. Y los besos dieron paso a unas caricias un poco tímidas, los dedos hurgaban lento las partes, abriéndose espacio entre trozos de tela que a esas alturas comenzaban a estorbar. Cada vez se hacía más necesario quitar del tacto todas las prendas que impedían una completa exploración del cuerpo del otro, que por más conocido que fuera, con la luz sepia del instante, parecía otra piel.
Ahora, completamente desnudos comenzó nuestra cadencia de caderas, pero sólo con el roce de nuestras ganas, aún sin la intervención, ni la conexión total.
Sus besos comenzaron en mi cuello, alerta y más sensible que jamás. Mientras tanto, sus manos agarraban con fuerza como él sabe, uno de mis senos y luego el otro. El recorrido de su boca continuó firme su descenso por mi cuerpo descubierto y listo para ese hombre, mordió mis pezones sin temor ni vergüenza, lamió mi ombligo y trazó una línea directa hacia mi sur. Y allí permaneció un largo rato, haciendo alarde de su rutina perfecta de lengua y dedos, esa que me lleva hasta la demencia total.
Fue  muy obvio que estaba más que lista para que se fusionara con mi ser. El sonido de los palos quemados se confundía con el de nuestras voces ahogadas de placer, la verdad no hubo aquellas posiciones divertidas y raras que a veces ensayamos, esta vez queríamos querernos, lento, rítmico, cadencioso, con la mirada fija en los ojos del otro, a veces él arriba, otras yo al mando.
No supe cuantos minutos exactos estuvimos siendo uno, creo que cuando se está tan íntimamente concentrados, conectados, nada más importa. Sus labios se fundieron con los míos en un beso de los primeros, esta vez para celebrar el final perfecto de una velada mágica. Exhaustos nos envolvimos en una manta y en un abrazo y perdimos la conciencia gracias al cansancio producto de la vez. Nos quedamos dormidos al lado de la chimenea que aún ardía a fuego lento.

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