Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Flying

Como el la economía, las deudas de amor y sexo bien capitalizadas pueden llegar a ser ahorros interesantes.

Quizá no fue una apuesta cazada con el dedo índice y de manera arbitraria me declaré ganadora para que él tuviera que pagarme, o mejor, cumplirme un antojo que había tenido desde hacía tanto.
 Saltémonos el preámbulo, imagínenlo como quieran. Él estaba sentado en el piso, ya desnudo, completamente concentrado en armar bien el "avión". Yo moría de excitación con la sola idea y esperaba paciente recostada en el sofá, eso sí jugando con mis dedos para que el calor húmedo no se fuera. De cuando en cuando él volteaba a mirarme con morbo, apretaba uno de mis senos y seguía preparando nuestro vuelo.
¿De dónde sacó los insumos? No sé y no le pregunté, lo único que importaba era jugar con los cuerpos y los sentidos.
Aprovechamos el fuego de la chimenea y comenzamos el ritual. Unos cuantos besos desprevenidos y unas caricias profundas para la espera. No, no fue como la gente me decía que era. Yo no vi luces de colores mientras él entraba y salía de mí cuerpo, pero sí sentí todo más.
Estábamos teniendo sexo en el suelo, con las luces apagadas, bajo la tenue luz de la leña y revolcándonos en un tapete; pero yo sentía volar. Los cuerpos no pesaban nada y cada movimiento pélvico era más simple de hacer, pero más intenso en su placer. Sentía como mis entrañas se contraían fuertemente para percibir centímetro a centímetro su roce. Cada sentido estaba alerta, percibía cada contacto como una explosión de emociones internas y externas que se materializaban con líneas de lava deslizándose por mis piernas. Tal vez nuestros cuerpos en el suelo, pero la noche de sexo volaba más allá de todo.
Recorrí su piel erecta no sé cuántas veces pues todo camino era más corto y excitante, dejé algunas huellas visibles en su cuerpo porque creía que mis dedos podían hundirse en sus carnes como lo hacía él. No recuerdo casi cuánto tiempo o cómo estuvimos dispuestos y en dónde porque todo fueron sensaciones.
Sé que, no sé por qué, tiramos todos los objetos de la mesa de centro y allí me subí en su cintura tratando de dominar un segundo esa alma que nunca me deja descifrarla. Y en ese contacto directo de miradas de pasión las contracciones, casi convulsiones, de placer marcaron el final de un vuelo sin contratiempos y sí mucha diversión.

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