Apenas nos acostumbrábamos a conectar nuestros cuerpos, la verdad yo no sentía tanta confianza aún. Ese hombre me encantaba, fue el primero que caminó mi piel y mi alma. Habíamos acabado de tener sexo, yo quedé bajo su piel pálida, él me besó y se recostó en mis senos un rato. De repente alzó su rostro un poco hasta encontrar mi mirada y me dijo: -¿Sabes qué me gustaría mucho y me haría feliz?
-¿Qué? Le contesté ansiosa de un plan macabro.
-Siempre he querido "tirar" en un cementerio ¿te le mides, niña?
No le contesté nada, sólo lo besé hasta que retomó su vaivén de cadera entrando y saliendo de mí. Pero su propuesta quedó rondando mi mente inocente, en ese entonces, por muchos días.
No sé cuánto tiempo después, la vida se confabuló y con excusas maravillosas escapé con él a otro pueblo. El primer día del travesía estuvimos acompañados por el resto de viajeros en una fiesta alocada, llena de licor. Ambos ingerimos un número indeterminado de copas y, aunque él no era afectuoso conmigo en público, se notaba que moría por tenerme. Bailamos y los relieves corporales confirmaban mis sospechas, el calor se apoderó de todo el ambiente, de mi cuerpo, del suyo. Deseábamos que todo concluyera, que todos quisieran irse a otros lugares. Antes de media noche el cansancio del bus se apoderó de los demás y el grupo se disolvió. No podíamos ir al hotel, seríamos la comidilla de nuestros compañeros quienes ni sospechaban nuestros encuentros. Pedimos un taxi, con las luces apagada comenzó un ritual de besos y manos desesperadas, tocando cada cosa, cada espacio posible que la ropa dejaba.
Nos bajamos en cualquier calle, él miró varias posibilidades, se decidió por un callejón que comunicaba dos barrios del pueblo. En medio había un pequeño puente de madera que adornaba el sitio, estaba un poco luminoso, pero no importó. Nos paramos en medio y él me arrastró hasta una de las barandas, comenzó por mi cuello, puso sus manos en mi cintura y siguió pasando su lengua hasta encontrar mi oreja. Estaba excitado, pero no se atrevía a mucho por la afluencia de público, aún a más de las doce. No lo resistí, puse mis manos en su entrepierna y sentí sus anhelos de mí. Fui más allá, metí mis dedos dentro del pantalón y acaricié sin vergüenza su pene erecto. Se asustó un poco, pero rápidamente se dejó llevar por mis ganas y mi borrachera y me dijo -Sí, tócame... Quiero tus manos, quiero hacerte mía, aquí, dónde sea.-
Seguimos así un lapso corto, era imposible no concretar. Me detuvo un rato y caminó unos pasos, -Allí hay un prado, la sombra de los árboles no deja ver mucho ¿te le mides?- Me dijo casi implorando.
-Claro, contesté impávida. Las muchas copas de ron me habían dado una insospechada valentía y una desvergüenza absoluta.
Cruzamos unas cuerdas de alambre de esas que se usan para delimitar potreros de ganado. Caminamos unos metros y escogimos un terreno llano al lado de una quebrada. Puso su chaqueta en el suelo a modo de sábana y sin más preámbulos engorrosos comenzó a desnudarme. Me tumbó en el prado, se quitó sus prendas, le abrí mis piernas y comenzó el delirio. Recuerdo el sonido del agua pasando cerca a mis pies, mitigando mis gemidos de placer, la visión de la luna posada en el cielo y las ramas de eucalipto movidas por el viento. Recuerdo sus ojos concentrados en los míos, sus manos cogiendo mis senos y rozando mi cuerpo con brusquedad y torpeza deliciosa. Recuerdo que me sentí expuesta cuando pasé a estar encima y noté que gente cruzaba el sendero en el que nos habíamos besado antes, me excité aún más.
Mis muslos se inundaban de fluidos resbaladizos, su rostro cambiaba de tono y explotaba su voz gruesa gracias a nuestro sexo. Quedamos exhaustos tendidos en el piso natural, me llenó de besos y reímos de las picaduras de insectos en nuestra piel.
Deshicimos el camino cansados, borrachos y satisfechos. Entramos al hotel y fingimos no conocernos tanto.
Al día siguiente había recorrido turístico por el pueblo. El guía nos llevó a los lugares emblemáticos de la municipalidad, el recorrido terminaba, pero antes llegamos a ese lugar. El cruce, el puente, la manga, nuestra manga. Disimulando las culpas quisimos entender cuál era la importancia del sitio. El guía narró que allí había sido el primer cementerio de la localidad, justo donde habíamos hecho el amor, donde yo había besado su sexo y el el mío, donde me había tumbado con la mirada al suelo para estrecharle su paso, donde habíamos hecho conexión encima de quién sabe qué.
Él se me acercó y susurró -Me cumpliste, ahora mismo estoy deseoso de sólo pensarlo-
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