Quizá muchos de ustedes lo hayan experimentado y creo que muchos estarán de acuerdo en que es muy placentero sentir el peligro de ser descubiertos teniendo sexo.
Era uno de esos días de reuniones y visitas en casa. Había ido una asesora comercial de mi padre con toda su familia y se había organizado una pesada ceremonia en torno a su presencia. Sin embargo, sólo una mirada de aquellas, hizo inventar cualquier pretexto para desaparecer con él.
Metros más adelante los besos apasionados dieron inicio a una ola de calor corporal incontenible. La gente iba y venía a nuestro alrededor, pero las ganas aumentaban incontrolablemente.
Lo arrinconé contra una pared que tapaba un poco un enorme buró, desde ahí podíamos ver pasos en el suelo caminando cerca y así alertarnos.
Las manos acompañaron los besos lujuriosos, trazaron rutas por cada centímetro de piel que era susceptible de deseo y excitación. Sin preguntar abrió el cierre de mi jean y lo desabrochó totalmente, jugó un rato con sus dedos mientras yo perdía toda noción de respeto y me sumía en un profundo descaro. Una vez sintió las pruebas húmedas de mis pretensiones, fue más allá y bajó mi pantalón hasta las rodillas. Me miró con esa cara de morbo que tanto me agrada y se arrodilló frente a mi sexo. Si bien la postura no ayudaba mucho al deslizamiento efectivo de su lengua, el sólo hecho de sentir dónde estaba y haciendo qué, logró extasiarme hasta la demencia.
Luego de un rato perfecto de caricias bajas, se puso de pie y me volteó la cara hacia la pared, se bajó un poco su ropa y entró hasta mis profundidades. No había tiempo de nada lindo, sólo carne, sólo piel.
Sentía su respiración en mi cuello, el aire salía absolutamente caliente y contribuía a mi pasión. Los ruidos habían dejado de importar, aunque de cuando en cuando retornábamos la mirada para comprobar la ausencia de ojos en nuestro acto.
Sus manos se sujetaron de mi cintura con fuerza, sentí como su cuerpo se endurecía aún más y luego unos espasmos rítmicos dieron paso a un pequeño suspiro de placer.
Justo terminábamos y la voz de mi madre pronunció mi nombre, era hora de almorzar.
Nos subimos la ropa raudos, pero calmados, y yo asomé primero la cabeza. Fui, envuelta en calma y llena de satisfacción y me senté en la mesa, después llegó él. No había pasado nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario