Aprovecharé que este clima de lluvias ha hecho que mis recuerdos se asomen para narrar una de las veces que más me hacen poner los pelos de punta cuando la pienso.
Yo sabía que a él le gustaba mucho que le recibiera visitas en pijama, principalmente si era aquella falda rosada que llegaba hasta la mitad de mis piernas. No recuerdo por qué llegó tan tarde a casa, pero yo ya estaba desesperada pues creía que mis planes se iban a quedar en ganas.
Había imaginado enredarlo en mis piernas hasta que el reloj desapareciera de sus prioridades y tuviera que despertar a mi lado. Mi treta surtió efecto, cuando me vio envuelta sólo en ese pedazo te trapo le fue inevitable esconder su cara de lujuria. Sin embargo, como suele suceder, las cosas no salieron como lo había preparado. Esa noche mi casa se llenó de compañías y las horas comenzaron a pasar sin que pudiera, al menos, encerrarlo en el baño de mi alcoba y sentirlo en mí por un instante.
El cielo estalló en rayos y, así como estos días, la lluvia se desató incontrolable. Los visitantes escaparon y yo dejé volar mi imaginación. Apagué todas las luces de mi apartamento, él, lleno de curiosidad, se dejó llevar. Lo arrastré hasta la zona verde de mi casa y dejé que lo acariciara primero la lluvia torrencial de la madrugada. Cuando estuvo lo suficientemente ansioso, me dejé mojar la piel hasta que la pijama se ciñó a mi cuerpo evidenciando las zonas más protuberantes.
Visiblemente excitado me preguntó que quería hacer, le respondí desnudándome por completo y caminando bajo el agua hasta el garaje. Me eché boca arriba en el carro, abrí un poco mis piernas y lo esperé. Su mirada estaba absorta en cada centímetro de mi blancura, pasmado, quieto e inquieto. Trazó sus pasos de forma segura mientras abría su bragueta, en la noche oscura pude ver con claridad el contorno que aparecía hambriento desde su pantalón. Separó mis piernas con un movimiento leve, cogió mis muslos y me levantó hasta que nuestras pelvis quedaron alineadas, jugueteó un rato desde afuera para estimularme, me besó cada espacio posible. La lluvia me caía furiosa, los golpes de las gotas tenían mis pezones rígidos e inquietos y él lo notó inmediatamente. Cogió mis senos con sus manos y los palpó embriagado de ganas. Él seguía vestido, sólo con lo necesario al aire, la sensación de piel y tela mojada agudizó nuestros sentidos y ansias.
Después de un rato de juegos, hicimos conexión. Las múltiples humedades no se distinguían, lo estábamos haciendo despacio y la posición favorecía una interacción muy profunda, no había por qué apurarnos, mientras durara el aguacero había un estímulo de más para seguir. Fue necesario ahogar nuestras voces de placer pues el lugar era bastante público, igual estábamos demasiado lejos mentalmente como para pensar el la posibilidad de ser vistos. El agua volvió la superficie del automóvil resbaladiza, así que me bajé, le di la espalda y expuse mis nalgas para que hallara su entrada. Una vez en mí, intenté contraerme despacio para que me sintiera más, sabía que esa postura lo elevaría más.
Con el cuerpo completamente inundado, las sensaciones empezaron a ser inevitables. Todo, el sitio, la lluvia, la desnudez y la ropa, los besos y el roce bajo el agua me hicieron tener una de las noches más memorables.
Él trazó una linea por mi espalda con todo su placer y no fue suficiente, así que continuamos en una sesión de pasión hasta que la oscuridad se empezó a disipar. Era hora de huir.
Y como por estos días el cielo no da tregua, serán aprovechadas esta época de invierno para repetir faenas al aire libre.
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