Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

jueves, 26 de abril de 2012

El Rapto


Por fin terminaba uno de esos días en el que el estrés ha sido la constante, afortunadamente era viernes y las responsabilidades laborales pararían al menos dos días.
No había tenido tiempo de planear una noche de copas con mis amigas o una cena tranquila con mi chico, en realidad sólo pensaba estar en casa frente al televisor viendo no sé qué.
Cerré la puerta de mi oficina y cuando volví la cabeza hacia el parqueadero estaba él, de pie, recostado en su auto, con una flor roja esperando por mí. Si eso ya me parecía sorprendente era porque no sabía nada de lo que seguiría.
No vacilé en entrar al carro y evité besarlo para no favorecer sospechas. Misteriosamente casi ni hablamos, él sólo sonreía pícaro como quien está a punto de consumar una maldad. Una vez los recorridos habituales cambiaron drásticamente tuve qué preguntar para dónde íbamos y qué era toda esa locura.
Sin asomo de inseguridad o vergüenza me dijo: “hoy no hay preguntas, hoy mando yo… eres mi rehén y serás mía como y cuando quiera”. Lejos de asustarme un calorcito de aquellos recorrió mi piel ansiosa.
Ahora la intriga se apoderaba de mí, el auto seguía alejándose por carreteras desconocidas hasta que se detuvo en frente de una portada de madera que se abrió activada con un dispositivo electrónico que  tenía en el bolsillo de su camisa. No conocía el sitio, no tenía idea de quién era, pero era fabuloso.
Unos pequeños faroles alumbraban una casa pequeña, completamente hecha en madera. Cuando bajamos él me tapó los ojos y sin aviso alguno apretó mis senos, besó mi cuello y deslizó su mano ágil dentro de mi jean. Pudo comprobar que su cometido estaba logrado… la humedad presente delataba que estaba a su merced. Aún estábamos afuera, yo no veía nada y él empezó a guiarme lentamente, mientras me desnudaba por el camino hasta el interior de la morada.
De repente sentí un obstáculo de madera en el que me recostó, una puerta pensé, se acercó a mí y comenzó a besarme lentamente de arriba hasta abajo. En mi pelvis se detuvo sin hacer nada, su finalidad: desesperarme. Y una vez vio como mis muslos se apretaban de deseo, sentí sus dedos buscando mi intimidad, palpando el deseo y aumentando las ganas. Su cuerpo se pegó al mío y el sonido de una chapa de correa que se abría delató sus intenciones. Aunque sabía qué venía, la entrada fue sorpresiva, con fuerza y notoria lujuria. Sólo hizo el movimiento un par de veces y separó su piel de la mía.
La puerta se abrió, entramos, el ambiente estaba tibio. Para el momento yo estaba completamente desnuda. Segundos después me quitó la venda Un salón cálido apreció iluminado por unos velones grandes, en la mesa de centro dos copas de vino, unos platos vacíos y una caja envuelta en papel regalo.
“Ven”, dijo. Sirvió un par de vinos tintos y brindó por mi cuerpo. No terminó su copa y la puso en la mesa, me agarró de la mano y me tumbó con suavidad en el sofá grande que había en el salón. Cogió la caja del regalo y me pidió abrirla, presurosa rasgué el papel y, sorprendida, hallé un vibrador. “Para que juegues, para que juguemos” explicó. Lo encendí tímidamente, el movimiento era constante, lo arrimé a mi sur y empecé a explorar sus posibilidades. Él tomó su copa sin terminar y sin avisar derramó el vino en mi cuerpo.
No hubo que explicar, yo jugué con mi regalo mientras él colaboraba al éxtasis lamiendo el vino tinto de mí. De vez en cuando relevaba mi mano y su lengua buscaba mis zonas más sensibles. No hubo que esperar mucho para que yo volara hasta sitios que sólo se conocen en esos instantes de fuego y él así lo notó, por eso no demoró más la fusión.
Su vaivén de cadera se unió a la vibración de aquel objeto y la temperatura subió aún más. Los sonidos de satisfacción inundaron la habitación y los cuerpos extenuados frenaron su cadencia vertiginosa.
Recogí mi ropa repartida por todo el sendero trazado, eso sí, no me la volví a poner hasta muy entrado el siguiente día. Estaba felizmente raptada.


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