Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Alucinación número tres


Tú no lo sabes aún, pero yo he estado bajo tus sábanas en repetidas oportunidades. Bueno, tú te has colado a mi cama y ha sido divertido, claro, lo será más aún cuando el jueguito se consume.
No fue uno de esos hombres que llamara mi atención fácilmente, tardé en relacionar seguidamente su presencia en el espacio diario. Quizá no tenía los elementos físicos que suelen llamarme la atención y fue su personalidad extraña lo que finalmente me cautivó.

Luego comencé a buscar sus ojos, a esperar sus manos rozándome por “equivocación”, a querer estar más a su lado, a unir risas, a extrañarnos, a desearnos.

Hoy, por fin, me animé a decir no importa. Lo esperé y casi sin permiso le pedí un aventón, antes de que la ruta fuera definitiva lo convencí de desviarnos por unas cervezas. Charlamos como siempre, al son de ese insípido coqueteo que siempre frenaba. Pero yo iba decidida.

Bajamos al parqueadero, suerte para mí el último sótano. Me abrió la puerta de su carro, subió y yo hice un movimiento brusco para dejar caer mi teléfono celular en sus pies. Me moví sin pensar hacia su cuerpo encorvado, recogió mi móvil y como una casualidad torpe halló mi rostro muy cerca al suyo. Hasta allá no resistiría.

No me moví, no se movió, segundos eternos de miradas confundidas. Amagué, moví mis labios, le hice evidente qué quería, no dudó más, me besó. No hubo palabras o explicaciones innecesarias. Siguieron los besos, empezaron las manos, las suyas, las mías, la urgencia. Sus dedos suaves trazaron la línea de mi escote, sin timidez como lo imaginé, ahora toda su mano buscó mi sostén y apretó mi seño izquierdo aún cubierto.

Mientras, yo desabrochaba torpemente los botones de su camisa, su pecho apareció ante mis ojos colonizadores y mis manos se fueron a buscar territorios más al sur. Seguíamos en un juego de pasiones postergado por mucho tiempo hasta que la alarma del carro vecino nos recordó el sitio.

-¿Otro lado, o ya te arrepentiste? Me dijo.
-Otro lado, contesté a secas.

-De mí nadie se arrepiente

-Demuéstramelo

Era que el deseo era irremediable, fuimos unos kilómetros lejos de casa y en el primer hueco que vimos se podían concluir las ganas hicimos parada.

Los registros del caso, la búsqueda del numerito, la cerrada de la puerta, la lujuria en acción. Besos húmedos aparecieron sin reservas, acabé de desunir los botones de aquella camisa, desajusté su correa, abrí el botón del placer. Él no quería ropa en mí, me desnudo apresurado y sin más previos que su agitación. Se detuvo un segundo en mis senos y me susurró –tal como los había imaginado-

Sus labios recorrieron mi pecho de múltiples formas, mientras mis manos tocaban lo que tanto había supuesto antes. Me recosté en la cama tímidamente, por absurdo que parezca, detuvo sus ojos un instante en mi cuerpo y con sus manos abrió mis piernas. Se tumbó en medio de ellas, sólo con un roce notoriamente duro. Exploró mi entrepierna unos segundos, miró mi rostro como buscando una aprobación final y muy, muy lentamente se hundió en mis entrañas.

Contrario al desenfreno previo, ahora el acto era lento, permitiéndonos sentir la nueva fascinación de estar en y con el otro. No hubo frases, sólo sonrisas cómplices y quejidos de placer, mucho placer.  Despacio devoramos con fuerza cada centímetro del otro, jugamos a ser viejos conocidos y nos regalamos lo mejor del otro, total era la primera vez de muchas.

Encima, debajo, enredados, de pie, mirando mi almohada, besando su rostro, quitamos las sábanas de tanto mover nuestros cuerpos en la cama, pero indiscutiblemente quería un final con su mirada posada fijamente en los mía. Cogí su rostro con mis manos y él apuró su movimiento cadencioso, su seño comenzó a fruncirse y sus músculos a contraerse, el final estaba cerca. Mi sur se inundó de ganas y de su pecho brotó un sonido ahogado de lujuria, mis dedos se enterraron en su carne, su mirada se concentró en mi rostro y selló el instante con un beso largo.

Se quedó abrazando mi cuerpo unos minutos más, después me preguntó si sabía que esto iba a pasar, eso esperaba, le contesté, sonrió y se tendió a mi lado.

Despierto y ya se ha ido, pero no me apuro lo tengo cuando quiero, está literalmente en mis manos. Por ahora.

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