Tú no lo sabes aún, pero yo he
estado bajo tus sábanas en repetidas oportunidades. Bueno, tú te has colado a
mi cama y ha sido divertido, claro, lo será más aún cuando el jueguito se
consume.
No fue uno de esos
hombres que llamara mi atención fácilmente, tardé en relacionar seguidamente su
presencia en el espacio diario. Quizá no tenía los elementos físicos que suelen
llamarme la atención y fue su personalidad extraña lo que finalmente me
cautivó.
Luego comencé a buscar
sus ojos, a esperar sus manos rozándome por “equivocación”, a querer estar más
a su lado, a unir risas, a extrañarnos, a desearnos.
Hoy, por fin, me animé
a decir no importa. Lo esperé y casi sin permiso le pedí un aventón, antes de
que la ruta fuera definitiva lo convencí de desviarnos por unas cervezas.
Charlamos como siempre, al son de ese insípido coqueteo que siempre frenaba.
Pero yo iba decidida.
Bajamos al parqueadero,
suerte para mí el último sótano. Me abrió la puerta de su carro, subió y yo
hice un movimiento brusco para dejar caer mi teléfono celular en sus pies. Me
moví sin pensar hacia su cuerpo encorvado, recogió mi móvil y como una
casualidad torpe halló mi rostro muy cerca al suyo. Hasta allá no resistiría.
No me moví, no se
movió, segundos eternos de miradas confundidas. Amagué, moví mis labios, le
hice evidente qué quería, no dudó más, me besó. No hubo palabras o
explicaciones innecesarias. Siguieron los besos, empezaron las manos, las
suyas, las mías, la urgencia. Sus dedos suaves trazaron la línea de mi escote,
sin timidez como lo imaginé, ahora toda su mano buscó mi sostén y apretó mi
seño izquierdo aún cubierto.
Mientras, yo
desabrochaba torpemente los botones de su camisa, su pecho apareció ante mis
ojos colonizadores y mis manos se fueron a buscar territorios más al sur. Seguíamos
en un juego de pasiones postergado por mucho tiempo hasta que la alarma del
carro vecino nos recordó el sitio.
-¿Otro lado, o ya te
arrepentiste? Me dijo.
-Otro lado, contesté a
secas.
-De mí nadie se
arrepiente
-Demuéstramelo
Era que el deseo era
irremediable, fuimos unos kilómetros lejos de casa y en el primer hueco que
vimos se podían concluir las ganas hicimos parada.
Los registros del caso,
la búsqueda del numerito, la cerrada de la puerta, la lujuria en acción. Besos
húmedos aparecieron sin reservas, acabé de desunir los botones de aquella
camisa, desajusté su correa, abrí el botón del placer. Él no quería ropa en mí,
me desnudo apresurado y sin más previos que su agitación. Se detuvo un segundo
en mis senos y me susurró –tal como los había imaginado-
Sus labios recorrieron
mi pecho de múltiples formas, mientras mis manos tocaban lo que tanto había
supuesto antes. Me recosté en la cama tímidamente, por absurdo que parezca,
detuvo sus ojos un instante en mi cuerpo y con sus manos abrió mis piernas. Se
tumbó en medio de ellas, sólo con un roce notoriamente duro. Exploró mi
entrepierna unos segundos, miró mi rostro como buscando una aprobación final y
muy, muy lentamente se hundió en mis entrañas.
Contrario al desenfreno
previo, ahora el acto era lento, permitiéndonos sentir la nueva fascinación de
estar en y con el otro. No hubo frases, sólo sonrisas cómplices y quejidos de
placer, mucho placer. Despacio devoramos
con fuerza cada centímetro del otro, jugamos a ser viejos conocidos y nos
regalamos lo mejor del otro, total era la primera vez de muchas.
Encima, debajo,
enredados, de pie, mirando mi almohada, besando su rostro, quitamos las sábanas
de tanto mover nuestros cuerpos en la cama, pero indiscutiblemente quería un
final con su mirada posada fijamente en los mía. Cogí su rostro con mis manos y
él apuró su movimiento cadencioso, su seño comenzó a fruncirse y sus músculos a
contraerse, el final estaba cerca. Mi sur se inundó de ganas y de su pecho
brotó un sonido ahogado de lujuria, mis dedos se enterraron en su carne, su
mirada se concentró en mi rostro y selló el instante con un beso largo.
Se quedó abrazando mi cuerpo
unos minutos más, después me preguntó si sabía que esto iba a pasar, eso
esperaba, le contesté, sonrió y se tendió a mi lado.
Despierto y ya se ha
ido, pero no me apuro lo tengo cuando quiero, está literalmente en mis manos.
Por ahora.
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