Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

martes, 20 de noviembre de 2012

Just one time...

Había agotado todas las tretas que se me habían ocurrido para que quisiera descubrir lo que encierra mi piel de vainilla y justo cuando mi terquedad se había agotado pasó lo que creí que sólo habitaría en mis fantasías de sábanas.

Nunca iba a las fiestas que armaban los amigos en común, bueno, a ninguna fiesta, así que no esperaba su presencia. Mi pareja habitual decidió no acompañarme al baile y la noche no podía pintar peor. Atravesé la puerta de la discoteca, inevitablemente lo primero que vi fue su sorpresiva figura con una cerveza empuñada y así yo no sospechara nada mi cuerpo intuyó tu fuego con un nerviosismo que no sé si pude disimular.

Estaba feliz, aunque no pasara nada sólo verlo me desbarataba la cordura. Quizá por eso desmedí el número y la velocidad de copas que ingerí brindando por y con él. La ventaja es que mis tragos fueron los mismos que servían en su vaso. El calor de lo etílico se apoderó de mis entrañas, quería que bailara conmigo como excusa para tenerlo cerca. Pedí una canción que creí no rechazaría, aunque no aceptó de inmediato fue a la pista conmigo. Los movimientos eran torpes, mucho, no habíamos bailado nunca y el vodka empeoraba la coordinación, un rato más bastó para el contacto definitivo bajo luces multicolores.

Creí que era mi delirio y gusto desmedido por ese hombre inquebrantable y excesivamente seco, pero empecé a sentir su piel tibia ya sin miedo, sus ojos penetrantes embistiéndome sin pudor, sus manos apretándome con ganas y un ambiente entre tenso y sensual. Las horas avanzaron entre chistes y baile, sin darnos cuenta era muy tarde para buscar un transporte hacía los diferentes destinos, dos amigos ofrecieron dar posada al grupo y la división de camas resultó afortunada: iríamos al mismo sitio.

Era un cuarto con dos lechos, así que la suerte no había sido tanta. Las luces se marchitaron y sólo un “buenas noches” me regaló de despedida, no insistí, ni insinué nada, tenía miedo. No podía dormir con él cerca, sentía su respiración y el aire se me envenenaba, pensé en saciar por mis medios el calor de mis entrañas, pero eso no era lo que anhelaba.

Una media hora después sentí que se incorporó en su cama, dio unos pasos hasta mí y se sentó a mi lado. “Tengo frío ¿puedo dormir contigo?”, no le contesté, simplemente le dejé un espacio y una parte de mi cobija. No hubo más palabras, sólo su mano rodeando mi cintura por unos minutos largos y yo tratando de acortar distancia entre nuestros cuerpos. Su mano empezó a posarse más arriba cada vez hasta que estuvo a la altura de mi pecho y sentí su palma tocando, casi por equivocación, mis senos.

No sabía qué hacer para que siguiera, de golpe volteé y me encontré su rostro también nervioso. Me besó tímidamente hasta que, igual al baile, adquirimos un ritmo desenfrenado y sincronizado. Ya no hubo movimientos tímidos con las manos, ahora todas ellas me empuñaban con fuerza y descaro.

Las cobijas calentaron el suelo, nosotros ya no las necesitábamos. Lentamente se puso encima de mí, comenzó con unos besos húmedos en mi cuello extasiado y para seguir un recorrido vertical se deshizo de mi camisa y sostén. Exploró mis pezones curiosos con su lengua tibia y suave y trazó una línea intermitente por mi abdomen. Continuó la caída de tela y sólo mi piel cubría el deseo, mis manos hicieron lo propio con sus prendas para estar de igual a igual.

Me puso con la boca en la almohada para recorrer ahora cada centímetro de mi espalda, ahora sus dedos rígidos empezaban a buscar mi total entrega. Desde ese ángulo entró con ellos hasta profundidades de mí ser que incitaban un jadeo callado y expectante, mientras su otra mano se apeaba de mi cabello con fuerza.

Lógico, ya era toda de él, ya podía hacer lo que le diera la gana y eso fue alzarme, ponerme de rodillas, así de espaldas, y cambiar sus dedos por toda su dureza. No hubo una sola palabra, el único ruido eran nuestras respiraciones agitadas, excitadas. Sus manos no soltaron mi pelo mientras entraba tan hondo como podía.

Quería más, lo tumbé con un movimiento sutil a la cama y pasé al mando. Me recosté boca arriba sobre él y ayudé al vaivén lento de caderas con mis propios dedos. Pronto sentí que me llenaba de fuego y comencé a temblar interna y externamente, el calor nos envolvió y el placer nos sorprendió juntos.

Mentiría si digo que eso fue lo único que la madrugada nos vio hacer, seguimos buscando más sensaciones juntos hasta que los cuerpos se rindieron al sueño de la satisfacción total. Cuando abrí los ojos él ya no estaba, bajo mi almohada encontré una nota que decía “just one time, i wished”.

Entendí que esa noche sería la única; sin embargo su olor aún me impregnaba y la sensación de su cuerpo con el mio permanecía aún muy dentro. Había valido la pena, mucho, esa única, ea magnífica, cómplice y silenciosa vez.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Ahogando tú nombre en mi ritual


Al fondo una canción de rock de principios de los noventa, no podré escapar… invento con su melodía un ritmo para mi pelvis y una fantasía para este ya que me complace; pero me incita a quererlo con vos y no con él.

Mis caderas se mueven lentas para que la gravedad haga su efecto y baje de a poco mi pantalón ya desabotonado, el espejo de cuerpo entero puesto en el cuarto refleja mi figura danzando para él, soñando que eres tu. Me quito el sostén negro que llevaba hoy, pero me dejo la camisilla para entretener el incipiente streaptease que me invento.

De espaldas a su rostro juego a ser una bailarina profesional que se contonea semidesnuda en tu cama que no sé cómo es, pero me la imagino. Él se pone en pie detrás de mí y termina de quitar de mi cuerpo las prendas que ya le estorban, sus manos desenfrenan un recorrido sin tapujo por toda mi piel. Me dejo llevar y con los ojos cerrados y me atrevo a especular que tus dedos son de otro tamaño y me abarcarían en una temporalidad notoriamente diferente.

Sus palmas se abren en mis senos como sintiendo con el mero roce y yo quiero que tus manos aprieten con fuerza mis tetas y que tus labios humedezcan sin vergüenzas mis pezones firmes por ti. Voy lejos en mi sueño erótico, tan húmedo que me preparó para otro.

Con suavidad me tumba en la cama, aprieto mis labios para que cuando entré no se me vaya a salir tu nombre por “equivocación”. Un movimiento pausado contrasta con las respiraciones aceleradas, me pregunto si él secretamente pensará en una ilegal cuando me tiene, así como yo quisiera meterte en las  sábanas de mi clandestinidad.

No finjo mi placer,  simulo el por quién. Evito sus ojos y concentro los míos en la nada del sexo, lo toco con gusto y me acelero aún más suponiendo que tu buscarías mis entrañas con fuerza, tal como me gusta. Mis piernas intentan cerrarse para sentirlo-te aún más, me cuesta no trazar con mis labios las letras de tu nombre y apellidos.

Le ruego que no vaya tan despacio, que el sexo lento siempre me ha parecido aburrido, él me mira con picardía y acelera notoriamente su compás. No puedo más, necesito gritar tu nombre al silencio y lo quito bruscamente de mí, le pido que me dejé pasar a mi postura favorita “en cuatro como las…p”.

Mi cabello en sus dedos, mis jadeos seguidos de cómo tu mamá te bautizó que sólo yo puedo escuchar, su voz ahogada y tu nombre ahogado en mi ritual. Mis caderas ya no son lentas, se sacuden al aire para contribuir a la agitación, de nuevo sus manos en mis senos y un final cálido recorriendo mi espalda, queriendo más que nunca averiguar cómo te sentirás y cómo me sentiré después de vos. Él me besa y yo lo abrazo, me siento cínica; pero muy complacida.

Alucinación número tres


Tú no lo sabes aún, pero yo he estado bajo tus sábanas en repetidas oportunidades. Bueno, tú te has colado a mi cama y ha sido divertido, claro, lo será más aún cuando el jueguito se consume.
No fue uno de esos hombres que llamara mi atención fácilmente, tardé en relacionar seguidamente su presencia en el espacio diario. Quizá no tenía los elementos físicos que suelen llamarme la atención y fue su personalidad extraña lo que finalmente me cautivó.

Luego comencé a buscar sus ojos, a esperar sus manos rozándome por “equivocación”, a querer estar más a su lado, a unir risas, a extrañarnos, a desearnos.

Hoy, por fin, me animé a decir no importa. Lo esperé y casi sin permiso le pedí un aventón, antes de que la ruta fuera definitiva lo convencí de desviarnos por unas cervezas. Charlamos como siempre, al son de ese insípido coqueteo que siempre frenaba. Pero yo iba decidida.

Bajamos al parqueadero, suerte para mí el último sótano. Me abrió la puerta de su carro, subió y yo hice un movimiento brusco para dejar caer mi teléfono celular en sus pies. Me moví sin pensar hacia su cuerpo encorvado, recogió mi móvil y como una casualidad torpe halló mi rostro muy cerca al suyo. Hasta allá no resistiría.

No me moví, no se movió, segundos eternos de miradas confundidas. Amagué, moví mis labios, le hice evidente qué quería, no dudó más, me besó. No hubo palabras o explicaciones innecesarias. Siguieron los besos, empezaron las manos, las suyas, las mías, la urgencia. Sus dedos suaves trazaron la línea de mi escote, sin timidez como lo imaginé, ahora toda su mano buscó mi sostén y apretó mi seño izquierdo aún cubierto.

Mientras, yo desabrochaba torpemente los botones de su camisa, su pecho apareció ante mis ojos colonizadores y mis manos se fueron a buscar territorios más al sur. Seguíamos en un juego de pasiones postergado por mucho tiempo hasta que la alarma del carro vecino nos recordó el sitio.

-¿Otro lado, o ya te arrepentiste? Me dijo.
-Otro lado, contesté a secas.

-De mí nadie se arrepiente

-Demuéstramelo

Era que el deseo era irremediable, fuimos unos kilómetros lejos de casa y en el primer hueco que vimos se podían concluir las ganas hicimos parada.

Los registros del caso, la búsqueda del numerito, la cerrada de la puerta, la lujuria en acción. Besos húmedos aparecieron sin reservas, acabé de desunir los botones de aquella camisa, desajusté su correa, abrí el botón del placer. Él no quería ropa en mí, me desnudo apresurado y sin más previos que su agitación. Se detuvo un segundo en mis senos y me susurró –tal como los había imaginado-

Sus labios recorrieron mi pecho de múltiples formas, mientras mis manos tocaban lo que tanto había supuesto antes. Me recosté en la cama tímidamente, por absurdo que parezca, detuvo sus ojos un instante en mi cuerpo y con sus manos abrió mis piernas. Se tumbó en medio de ellas, sólo con un roce notoriamente duro. Exploró mi entrepierna unos segundos, miró mi rostro como buscando una aprobación final y muy, muy lentamente se hundió en mis entrañas.

Contrario al desenfreno previo, ahora el acto era lento, permitiéndonos sentir la nueva fascinación de estar en y con el otro. No hubo frases, sólo sonrisas cómplices y quejidos de placer, mucho placer.  Despacio devoramos con fuerza cada centímetro del otro, jugamos a ser viejos conocidos y nos regalamos lo mejor del otro, total era la primera vez de muchas.

Encima, debajo, enredados, de pie, mirando mi almohada, besando su rostro, quitamos las sábanas de tanto mover nuestros cuerpos en la cama, pero indiscutiblemente quería un final con su mirada posada fijamente en los mía. Cogí su rostro con mis manos y él apuró su movimiento cadencioso, su seño comenzó a fruncirse y sus músculos a contraerse, el final estaba cerca. Mi sur se inundó de ganas y de su pecho brotó un sonido ahogado de lujuria, mis dedos se enterraron en su carne, su mirada se concentró en mi rostro y selló el instante con un beso largo.

Se quedó abrazando mi cuerpo unos minutos más, después me preguntó si sabía que esto iba a pasar, eso esperaba, le contesté, sonrió y se tendió a mi lado.

Despierto y ya se ha ido, pero no me apuro lo tengo cuando quiero, está literalmente en mis manos. Por ahora.

jueves, 26 de abril de 2012

El Rapto


Por fin terminaba uno de esos días en el que el estrés ha sido la constante, afortunadamente era viernes y las responsabilidades laborales pararían al menos dos días.
No había tenido tiempo de planear una noche de copas con mis amigas o una cena tranquila con mi chico, en realidad sólo pensaba estar en casa frente al televisor viendo no sé qué.
Cerré la puerta de mi oficina y cuando volví la cabeza hacia el parqueadero estaba él, de pie, recostado en su auto, con una flor roja esperando por mí. Si eso ya me parecía sorprendente era porque no sabía nada de lo que seguiría.
No vacilé en entrar al carro y evité besarlo para no favorecer sospechas. Misteriosamente casi ni hablamos, él sólo sonreía pícaro como quien está a punto de consumar una maldad. Una vez los recorridos habituales cambiaron drásticamente tuve qué preguntar para dónde íbamos y qué era toda esa locura.
Sin asomo de inseguridad o vergüenza me dijo: “hoy no hay preguntas, hoy mando yo… eres mi rehén y serás mía como y cuando quiera”. Lejos de asustarme un calorcito de aquellos recorrió mi piel ansiosa.
Ahora la intriga se apoderaba de mí, el auto seguía alejándose por carreteras desconocidas hasta que se detuvo en frente de una portada de madera que se abrió activada con un dispositivo electrónico que  tenía en el bolsillo de su camisa. No conocía el sitio, no tenía idea de quién era, pero era fabuloso.
Unos pequeños faroles alumbraban una casa pequeña, completamente hecha en madera. Cuando bajamos él me tapó los ojos y sin aviso alguno apretó mis senos, besó mi cuello y deslizó su mano ágil dentro de mi jean. Pudo comprobar que su cometido estaba logrado… la humedad presente delataba que estaba a su merced. Aún estábamos afuera, yo no veía nada y él empezó a guiarme lentamente, mientras me desnudaba por el camino hasta el interior de la morada.
De repente sentí un obstáculo de madera en el que me recostó, una puerta pensé, se acercó a mí y comenzó a besarme lentamente de arriba hasta abajo. En mi pelvis se detuvo sin hacer nada, su finalidad: desesperarme. Y una vez vio como mis muslos se apretaban de deseo, sentí sus dedos buscando mi intimidad, palpando el deseo y aumentando las ganas. Su cuerpo se pegó al mío y el sonido de una chapa de correa que se abría delató sus intenciones. Aunque sabía qué venía, la entrada fue sorpresiva, con fuerza y notoria lujuria. Sólo hizo el movimiento un par de veces y separó su piel de la mía.
La puerta se abrió, entramos, el ambiente estaba tibio. Para el momento yo estaba completamente desnuda. Segundos después me quitó la venda Un salón cálido apreció iluminado por unos velones grandes, en la mesa de centro dos copas de vino, unos platos vacíos y una caja envuelta en papel regalo.
“Ven”, dijo. Sirvió un par de vinos tintos y brindó por mi cuerpo. No terminó su copa y la puso en la mesa, me agarró de la mano y me tumbó con suavidad en el sofá grande que había en el salón. Cogió la caja del regalo y me pidió abrirla, presurosa rasgué el papel y, sorprendida, hallé un vibrador. “Para que juegues, para que juguemos” explicó. Lo encendí tímidamente, el movimiento era constante, lo arrimé a mi sur y empecé a explorar sus posibilidades. Él tomó su copa sin terminar y sin avisar derramó el vino en mi cuerpo.
No hubo que explicar, yo jugué con mi regalo mientras él colaboraba al éxtasis lamiendo el vino tinto de mí. De vez en cuando relevaba mi mano y su lengua buscaba mis zonas más sensibles. No hubo que esperar mucho para que yo volara hasta sitios que sólo se conocen en esos instantes de fuego y él así lo notó, por eso no demoró más la fusión.
Su vaivén de cadera se unió a la vibración de aquel objeto y la temperatura subió aún más. Los sonidos de satisfacción inundaron la habitación y los cuerpos extenuados frenaron su cadencia vertiginosa.
Recogí mi ropa repartida por todo el sendero trazado, eso sí, no me la volví a poner hasta muy entrado el siguiente día. Estaba felizmente raptada.