Había agotado todas las tretas
que se me habían ocurrido para que quisiera descubrir lo que encierra mi piel
de vainilla y justo cuando mi terquedad se había agotado pasó lo que creí que
sólo habitaría en mis fantasías de sábanas.
Nunca iba a las fiestas que armaban
los amigos en común, bueno, a ninguna fiesta, así que no esperaba su presencia.
Mi pareja habitual decidió no acompañarme al baile y la noche no podía pintar
peor. Atravesé la puerta de la discoteca, inevitablemente lo primero que vi fue
su sorpresiva figura con una cerveza empuñada y así yo no sospechara nada mi
cuerpo intuyó tu fuego con un nerviosismo que no sé si pude disimular.
Estaba feliz, aunque no pasara
nada sólo verlo me desbarataba la cordura. Quizá por eso desmedí el número y la
velocidad de copas que ingerí brindando por y con él. La ventaja es que mis
tragos fueron los mismos que servían en su vaso. El calor de lo etílico se
apoderó de mis entrañas, quería que bailara conmigo como excusa para tenerlo
cerca. Pedí una canción que creí no rechazaría, aunque no aceptó de inmediato
fue a la pista conmigo. Los movimientos eran torpes, mucho, no habíamos bailado
nunca y el vodka empeoraba la coordinación, un rato más bastó para el contacto
definitivo bajo luces multicolores.
Creí que era mi delirio y gusto
desmedido por ese hombre inquebrantable y excesivamente seco, pero empecé a
sentir su piel tibia ya sin miedo, sus ojos penetrantes embistiéndome sin
pudor, sus manos apretándome con ganas y un ambiente entre tenso y sensual. Las
horas avanzaron entre chistes y baile, sin darnos cuenta era muy tarde para
buscar un transporte hacía los diferentes destinos, dos amigos ofrecieron dar
posada al grupo y la división de camas resultó afortunada: iríamos al mismo
sitio.
Era un cuarto con dos lechos, así
que la suerte no había sido tanta. Las luces se marchitaron y sólo un “buenas
noches” me regaló de despedida, no insistí, ni insinué nada, tenía miedo. No
podía dormir con él cerca, sentía su respiración y el aire se me envenenaba,
pensé en saciar por mis medios el calor de mis entrañas, pero eso no era lo que
anhelaba.
Una media hora después sentí que
se incorporó en su cama, dio unos pasos hasta mí y se sentó a mi lado. “Tengo
frío ¿puedo dormir contigo?”, no le contesté, simplemente le dejé un espacio y
una parte de mi cobija. No hubo más palabras, sólo su mano rodeando mi cintura
por unos minutos largos y yo tratando de acortar distancia entre nuestros
cuerpos. Su mano empezó a posarse más arriba cada vez hasta que estuvo a la
altura de mi pecho y sentí su palma tocando, casi por equivocación, mis senos.
No sabía qué hacer para que
siguiera, de golpe volteé y me encontré su rostro también nervioso. Me besó
tímidamente hasta que, igual al baile, adquirimos un ritmo desenfrenado y
sincronizado. Ya no hubo movimientos tímidos con las manos, ahora todas ellas
me empuñaban con fuerza y descaro.
Las cobijas calentaron el suelo,
nosotros ya no las necesitábamos. Lentamente se puso encima de mí, comenzó con
unos besos húmedos en mi cuello extasiado y para seguir un recorrido vertical
se deshizo de mi camisa y sostén. Exploró mis pezones curiosos con su lengua
tibia y suave y trazó una línea intermitente por mi abdomen. Continuó la caída
de tela y sólo mi piel cubría el deseo, mis manos hicieron lo propio con sus
prendas para estar de igual a igual.
Me puso con la boca en la almohada para recorrer
ahora cada centímetro de mi espalda, ahora sus dedos rígidos empezaban a buscar
mi total entrega. Desde ese ángulo entró con ellos hasta profundidades de mí
ser que incitaban un jadeo callado y expectante, mientras su otra mano se
apeaba de mi cabello con fuerza.
Lógico, ya era toda de él, ya
podía hacer lo que le diera la gana y eso fue alzarme, ponerme de rodillas, así
de espaldas, y cambiar sus dedos por toda su dureza. No hubo una sola palabra,
el único ruido eran nuestras respiraciones agitadas, excitadas. Sus manos no
soltaron mi pelo mientras entraba tan hondo como podía.
Quería más, lo tumbé con un
movimiento sutil a la cama y pasé al mando. Me recosté boca arriba sobre él y
ayudé al vaivén lento de caderas con mis propios dedos. Pronto sentí que me
llenaba de fuego y comencé a temblar interna y externamente, el calor nos
envolvió y el placer nos sorprendió juntos.
Mentiría si digo que eso fue lo
único que la madrugada nos vio hacer, seguimos buscando más sensaciones juntos
hasta que los cuerpos se rindieron al sueño de la satisfacción total. Cuando abrí
los ojos él ya no estaba, bajo mi almohada encontré una nota que decía “just
one time, i wished”.
Entendí que esa noche sería la
única; sin embargo su olor aún me impregnaba y la sensación de su cuerpo con el
mio permanecía aún muy dentro. Había valido la pena, mucho, esa única, ea magnífica, cómplice y silenciosa vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario