Quizá podría apelar más a historias fantásticas llenas de hechos espectaculares de esos que todos soñamos con que nos pasen, pero entonces Vainilla dejaría de cumplir una de sus misiones: reflejar esas historias que nos suceden más a menudo y que finalmente son las que realmente encienden la chispa de nuestros deseos.
Siempre he pensado que uno de los ambientes más eróticos, sensuales y adecuados par tener sexo es el campo.
Y mucho mejor si se trata de una finca bien adecuada y en completa soledad para el disfrute y descubrimiento pleno de los placeres amatorios. De eso se trata la historia de esta semana.
Habíamos llegado hacía un buen rato, pero no había prisa. El tiempo era todo nuestro, no existían presiones, ni acompañantes, sólo él y yo para querernos una vez más. Hicimos una cena romántica a la luz del fuego de una chimenea que hacía del ambiente aún más perfecto. Nos tomamos un vino, tinto como me gusta , hablamos un rato y cuando la noche estaba en su plena mitad extendimos unas cobijas frente al fuego.
La danza de las llamas envolvía nuestras miradas que se conjugaban con besos profundos, de esos que tanto lo excitan a él. Poco a poco ya no supe si el calor de mi cuerpo era producto de la leña ardiendo o de la sangre hirviendo de deseo en mis venas. Y los besos dieron paso a unas caricias un poco tímidas, los dedos hurgaban lento las partes, abriéndose espacio entre trozos de tela que a esas alturas comenzaban a estorbar. Cada vez se hacía más necesario quitar del tacto todas las prendas que impedían una completa exploración del cuerpo del otro, que por más conocido que fuera, con la luz sepia del instante, parecía otra piel.
Ahora, completamente desnudos comenzó nuestra cadencia de caderas, pero sólo con el roce de nuestras ganas, aún sin la intervención, ni la conexión total.
Sus besos comenzaron en mi cuello, alerta y más sensible que jamás. Mientras tanto, sus manos agarraban con fuerza como él sabe, uno de mis senos y luego el otro. El recorrido de su boca continuó firme su descenso por mi cuerpo descubierto y listo para ese hombre, mordió mis pezones sin temor ni vergüenza, lamió mi ombligo y trazó una línea directa hacia mi sur. Y allí permaneció un largo rato, haciendo alarde de su rutina perfecta de lengua y dedos, esa que me lleva hasta la demencia total.
Fue muy obvio que estaba más que lista para que se fusionara con mi ser. El sonido de los palos quemados se confundía con el de nuestras voces ahogadas de placer, la verdad no hubo aquellas posiciones divertidas y raras que a veces ensayamos, esta vez queríamos querernos, lento, rítmico, cadencioso, con la mirada fija en los ojos del otro, a veces él arriba, otras yo al mando.
No supe cuantos minutos exactos estuvimos siendo uno, creo que cuando se está tan íntimamente concentrados, conectados, nada más importa. Sus labios se fundieron con los míos en un beso de los primeros, esta vez para celebrar el final perfecto de una velada mágica. Exhaustos nos envolvimos en una manta y en un abrazo y perdimos la conciencia gracias al cansancio producto de la vez. Nos quedamos dormidos al lado de la chimenea que aún ardía a fuego lento.
Los secretos de Vainilla son
Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.
domingo, 19 de junio de 2011
jueves, 9 de junio de 2011
Escondidos en público
Quizá muchos de ustedes lo hayan experimentado y creo que muchos estarán de acuerdo en que es muy placentero sentir el peligro de ser descubiertos teniendo sexo.
Era uno de esos días de reuniones y visitas en casa. Había ido una asesora comercial de mi padre con toda su familia y se había organizado una pesada ceremonia en torno a su presencia. Sin embargo, sólo una mirada de aquellas, hizo inventar cualquier pretexto para desaparecer con él.
Metros más adelante los besos apasionados dieron inicio a una ola de calor corporal incontenible. La gente iba y venía a nuestro alrededor, pero las ganas aumentaban incontrolablemente.
Lo arrinconé contra una pared que tapaba un poco un enorme buró, desde ahí podíamos ver pasos en el suelo caminando cerca y así alertarnos.
Las manos acompañaron los besos lujuriosos, trazaron rutas por cada centímetro de piel que era susceptible de deseo y excitación. Sin preguntar abrió el cierre de mi jean y lo desabrochó totalmente, jugó un rato con sus dedos mientras yo perdía toda noción de respeto y me sumía en un profundo descaro. Una vez sintió las pruebas húmedas de mis pretensiones, fue más allá y bajó mi pantalón hasta las rodillas. Me miró con esa cara de morbo que tanto me agrada y se arrodilló frente a mi sexo. Si bien la postura no ayudaba mucho al deslizamiento efectivo de su lengua, el sólo hecho de sentir dónde estaba y haciendo qué, logró extasiarme hasta la demencia.
Luego de un rato perfecto de caricias bajas, se puso de pie y me volteó la cara hacia la pared, se bajó un poco su ropa y entró hasta mis profundidades. No había tiempo de nada lindo, sólo carne, sólo piel.
Sentía su respiración en mi cuello, el aire salía absolutamente caliente y contribuía a mi pasión. Los ruidos habían dejado de importar, aunque de cuando en cuando retornábamos la mirada para comprobar la ausencia de ojos en nuestro acto.
Sus manos se sujetaron de mi cintura con fuerza, sentí como su cuerpo se endurecía aún más y luego unos espasmos rítmicos dieron paso a un pequeño suspiro de placer.
Justo terminábamos y la voz de mi madre pronunció mi nombre, era hora de almorzar.
Nos subimos la ropa raudos, pero calmados, y yo asomé primero la cabeza. Fui, envuelta en calma y llena de satisfacción y me senté en la mesa, después llegó él. No había pasado nada.
miércoles, 1 de junio de 2011
Cumpliendo fantasías ajenas
Apenas nos acostumbrábamos a conectar nuestros cuerpos, la verdad yo no sentía tanta confianza aún. Ese hombre me encantaba, fue el primero que caminó mi piel y mi alma. Habíamos acabado de tener sexo, yo quedé bajo su piel pálida, él me besó y se recostó en mis senos un rato. De repente alzó su rostro un poco hasta encontrar mi mirada y me dijo: -¿Sabes qué me gustaría mucho y me haría feliz?
-¿Qué? Le contesté ansiosa de un plan macabro.
-Siempre he querido "tirar" en un cementerio ¿te le mides, niña?
No le contesté nada, sólo lo besé hasta que retomó su vaivén de cadera entrando y saliendo de mí. Pero su propuesta quedó rondando mi mente inocente, en ese entonces, por muchos días.
No sé cuánto tiempo después, la vida se confabuló y con excusas maravillosas escapé con él a otro pueblo. El primer día del travesía estuvimos acompañados por el resto de viajeros en una fiesta alocada, llena de licor. Ambos ingerimos un número indeterminado de copas y, aunque él no era afectuoso conmigo en público, se notaba que moría por tenerme. Bailamos y los relieves corporales confirmaban mis sospechas, el calor se apoderó de todo el ambiente, de mi cuerpo, del suyo. Deseábamos que todo concluyera, que todos quisieran irse a otros lugares. Antes de media noche el cansancio del bus se apoderó de los demás y el grupo se disolvió. No podíamos ir al hotel, seríamos la comidilla de nuestros compañeros quienes ni sospechaban nuestros encuentros. Pedimos un taxi, con las luces apagada comenzó un ritual de besos y manos desesperadas, tocando cada cosa, cada espacio posible que la ropa dejaba.
Nos bajamos en cualquier calle, él miró varias posibilidades, se decidió por un callejón que comunicaba dos barrios del pueblo. En medio había un pequeño puente de madera que adornaba el sitio, estaba un poco luminoso, pero no importó. Nos paramos en medio y él me arrastró hasta una de las barandas, comenzó por mi cuello, puso sus manos en mi cintura y siguió pasando su lengua hasta encontrar mi oreja. Estaba excitado, pero no se atrevía a mucho por la afluencia de público, aún a más de las doce. No lo resistí, puse mis manos en su entrepierna y sentí sus anhelos de mí. Fui más allá, metí mis dedos dentro del pantalón y acaricié sin vergüenza su pene erecto. Se asustó un poco, pero rápidamente se dejó llevar por mis ganas y mi borrachera y me dijo -Sí, tócame... Quiero tus manos, quiero hacerte mía, aquí, dónde sea.-
Seguimos así un lapso corto, era imposible no concretar. Me detuvo un rato y caminó unos pasos, -Allí hay un prado, la sombra de los árboles no deja ver mucho ¿te le mides?- Me dijo casi implorando.
-Claro, contesté impávida. Las muchas copas de ron me habían dado una insospechada valentía y una desvergüenza absoluta.
Cruzamos unas cuerdas de alambre de esas que se usan para delimitar potreros de ganado. Caminamos unos metros y escogimos un terreno llano al lado de una quebrada. Puso su chaqueta en el suelo a modo de sábana y sin más preámbulos engorrosos comenzó a desnudarme. Me tumbó en el prado, se quitó sus prendas, le abrí mis piernas y comenzó el delirio. Recuerdo el sonido del agua pasando cerca a mis pies, mitigando mis gemidos de placer, la visión de la luna posada en el cielo y las ramas de eucalipto movidas por el viento. Recuerdo sus ojos concentrados en los míos, sus manos cogiendo mis senos y rozando mi cuerpo con brusquedad y torpeza deliciosa. Recuerdo que me sentí expuesta cuando pasé a estar encima y noté que gente cruzaba el sendero en el que nos habíamos besado antes, me excité aún más.
Mis muslos se inundaban de fluidos resbaladizos, su rostro cambiaba de tono y explotaba su voz gruesa gracias a nuestro sexo. Quedamos exhaustos tendidos en el piso natural, me llenó de besos y reímos de las picaduras de insectos en nuestra piel.
Deshicimos el camino cansados, borrachos y satisfechos. Entramos al hotel y fingimos no conocernos tanto.
Al día siguiente había recorrido turístico por el pueblo. El guía nos llevó a los lugares emblemáticos de la municipalidad, el recorrido terminaba, pero antes llegamos a ese lugar. El cruce, el puente, la manga, nuestra manga. Disimulando las culpas quisimos entender cuál era la importancia del sitio. El guía narró que allí había sido el primer cementerio de la localidad, justo donde habíamos hecho el amor, donde yo había besado su sexo y el el mío, donde me había tumbado con la mirada al suelo para estrecharle su paso, donde habíamos hecho conexión encima de quién sabe qué.
Él se me acercó y susurró -Me cumpliste, ahora mismo estoy deseoso de sólo pensarlo-
-¿Qué? Le contesté ansiosa de un plan macabro.
-Siempre he querido "tirar" en un cementerio ¿te le mides, niña?
No le contesté nada, sólo lo besé hasta que retomó su vaivén de cadera entrando y saliendo de mí. Pero su propuesta quedó rondando mi mente inocente, en ese entonces, por muchos días.
No sé cuánto tiempo después, la vida se confabuló y con excusas maravillosas escapé con él a otro pueblo. El primer día del travesía estuvimos acompañados por el resto de viajeros en una fiesta alocada, llena de licor. Ambos ingerimos un número indeterminado de copas y, aunque él no era afectuoso conmigo en público, se notaba que moría por tenerme. Bailamos y los relieves corporales confirmaban mis sospechas, el calor se apoderó de todo el ambiente, de mi cuerpo, del suyo. Deseábamos que todo concluyera, que todos quisieran irse a otros lugares. Antes de media noche el cansancio del bus se apoderó de los demás y el grupo se disolvió. No podíamos ir al hotel, seríamos la comidilla de nuestros compañeros quienes ni sospechaban nuestros encuentros. Pedimos un taxi, con las luces apagada comenzó un ritual de besos y manos desesperadas, tocando cada cosa, cada espacio posible que la ropa dejaba.
Nos bajamos en cualquier calle, él miró varias posibilidades, se decidió por un callejón que comunicaba dos barrios del pueblo. En medio había un pequeño puente de madera que adornaba el sitio, estaba un poco luminoso, pero no importó. Nos paramos en medio y él me arrastró hasta una de las barandas, comenzó por mi cuello, puso sus manos en mi cintura y siguió pasando su lengua hasta encontrar mi oreja. Estaba excitado, pero no se atrevía a mucho por la afluencia de público, aún a más de las doce. No lo resistí, puse mis manos en su entrepierna y sentí sus anhelos de mí. Fui más allá, metí mis dedos dentro del pantalón y acaricié sin vergüenza su pene erecto. Se asustó un poco, pero rápidamente se dejó llevar por mis ganas y mi borrachera y me dijo -Sí, tócame... Quiero tus manos, quiero hacerte mía, aquí, dónde sea.-
Seguimos así un lapso corto, era imposible no concretar. Me detuvo un rato y caminó unos pasos, -Allí hay un prado, la sombra de los árboles no deja ver mucho ¿te le mides?- Me dijo casi implorando.
-Claro, contesté impávida. Las muchas copas de ron me habían dado una insospechada valentía y una desvergüenza absoluta.
Cruzamos unas cuerdas de alambre de esas que se usan para delimitar potreros de ganado. Caminamos unos metros y escogimos un terreno llano al lado de una quebrada. Puso su chaqueta en el suelo a modo de sábana y sin más preámbulos engorrosos comenzó a desnudarme. Me tumbó en el prado, se quitó sus prendas, le abrí mis piernas y comenzó el delirio. Recuerdo el sonido del agua pasando cerca a mis pies, mitigando mis gemidos de placer, la visión de la luna posada en el cielo y las ramas de eucalipto movidas por el viento. Recuerdo sus ojos concentrados en los míos, sus manos cogiendo mis senos y rozando mi cuerpo con brusquedad y torpeza deliciosa. Recuerdo que me sentí expuesta cuando pasé a estar encima y noté que gente cruzaba el sendero en el que nos habíamos besado antes, me excité aún más.
Mis muslos se inundaban de fluidos resbaladizos, su rostro cambiaba de tono y explotaba su voz gruesa gracias a nuestro sexo. Quedamos exhaustos tendidos en el piso natural, me llenó de besos y reímos de las picaduras de insectos en nuestra piel.
Deshicimos el camino cansados, borrachos y satisfechos. Entramos al hotel y fingimos no conocernos tanto.
Al día siguiente había recorrido turístico por el pueblo. El guía nos llevó a los lugares emblemáticos de la municipalidad, el recorrido terminaba, pero antes llegamos a ese lugar. El cruce, el puente, la manga, nuestra manga. Disimulando las culpas quisimos entender cuál era la importancia del sitio. El guía narró que allí había sido el primer cementerio de la localidad, justo donde habíamos hecho el amor, donde yo había besado su sexo y el el mío, donde me había tumbado con la mirada al suelo para estrecharle su paso, donde habíamos hecho conexión encima de quién sabe qué.
Él se me acercó y susurró -Me cumpliste, ahora mismo estoy deseoso de sólo pensarlo-
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