Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

martes, 19 de abril de 2011

Alucinación número uno


By Vainilla

Mis dedos habían frenado el movimiento vertiginoso en el terreno húmedo de la autocomplacencia, ahora su posición variaba de acuerdo a cada estímulo que él provocaba. Eran sus dedos los que habían relevado los míos y obligaban mis manos a atarse con fuerza de la misma nada.
Sé que lo pensé mucho y no recuerdo en qué momento o por qué le dije que sí. Creí que mientras recorría la distancia que me separaba de su cuerpo podría contestarme esas y otras preguntas; sin embargo cuando pude regresar de no sé dónde ya me encontraba desnuda, tumbada en su cama grande con su cuerpo moreno rozándome hasta la culpa.
Sus manos cambiaron la ruta sureña, de un movimiento abrupto me ataron por la cintura e hicieron girar mi cuerpo hasta que mi boca besó sus sábanas verdes. La característica humedad de una lengua excitada comenzó el recorrido un poco más debajo de las rodillas, pequeñas caricias pincelaron la cara interna de mi muslo hasta hallar el objetivo hirviente de ganas. Hizo uso de unas destrezas particulares para lograr acariciar lo más sensitivo de mí desde atrás. Estaba al borde de la demencia, he de confesarlo, no podía más que emitir sonidos de gusto en señal de placer.
Él estaba excitado, podía notarlo con el cambio de ritmo en su respiración y lo confirmé cuando, inesperadamente y sin pedir permiso, entro en mí con toda su fuerza. Se apeó de mis hombros y empezó a moverse con esa brusquedad que me encanta.
Yo le había dicho que le prohibía palabras cuerdas, diálogos con sentido y preguntas absurdas, así que dejó aflorar su instinto más animal y se limitó a cumplir todo lo que me había prometido por teléfono.
Sus manos se enredaron en mi cabello hasta hacerme subir la cabeza, me besó el cuello con brusquedad y volvió a cambiarme de postura. Me levantó de la cama, cerró la puerta de su cuarto y me arrastró hasta el espejo de cuerpo entero que tenía en la pared. Estregó mis senos contra él y volvió a penetrarme, la vista era inmejorable y su cara de lujuria inspiradora. Así estuvimos unos minutos, hasta que me volví e incumplí la promesa que le había hecho: no besarlo en los labios. Él sintió que había logrado desatarme de mi moral, que era suya completamente.
Lo tiré en la cama, abrí mis piernas y lo entré en mí. Comencé una danza de caderas que hasta hoy ningún hombre ha podido resistir, sus ojos se cerraron y tenía que morderse los labios cada que giraba mi cintura en su pelvis. Sentía que estaba cerca del cielo así que el corazón de mi mano derecha regresó hasta ese pequeño productor de éxtasis y las estrellas se acercaron a toda velocidad. No sé cuánto duró, pero cada espasmo de mi cuerpo me envolvía en esas sensaciones imposibles de explicar de un orgasmo monumental. Gemí, agarré mi pelo y aruñé su pecho, él se quería enloquecer de ganas y yo me incorporé rápidamente para complacer sus tentaciones. Lo rodeé con mis labios mientras se ponía más rígido cada instante, hice con mi lengua lo que tanto ama hasta que sentí que sus fluidos inundaban mi garganta y un grito grave se ahogaba en una almohada.
Aún desnuda, complacida, pero no satisfecha caminé hasta el bañó, me volteé, lo miré y le hice señas de aquellas mientras abría la lleve del agua caliente y pensé: vale la pena ser infiel.

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