Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Ahogando tú nombre en mi ritual


Al fondo una canción de rock de principios de los noventa, no podré escapar… invento con su melodía un ritmo para mi pelvis y una fantasía para este ya que me complace; pero me incita a quererlo con vos y no con él.

Mis caderas se mueven lentas para que la gravedad haga su efecto y baje de a poco mi pantalón ya desabotonado, el espejo de cuerpo entero puesto en el cuarto refleja mi figura danzando para él, soñando que eres tu. Me quito el sostén negro que llevaba hoy, pero me dejo la camisilla para entretener el incipiente streaptease que me invento.

De espaldas a su rostro juego a ser una bailarina profesional que se contonea semidesnuda en tu cama que no sé cómo es, pero me la imagino. Él se pone en pie detrás de mí y termina de quitar de mi cuerpo las prendas que ya le estorban, sus manos desenfrenan un recorrido sin tapujo por toda mi piel. Me dejo llevar y con los ojos cerrados y me atrevo a especular que tus dedos son de otro tamaño y me abarcarían en una temporalidad notoriamente diferente.

Sus palmas se abren en mis senos como sintiendo con el mero roce y yo quiero que tus manos aprieten con fuerza mis tetas y que tus labios humedezcan sin vergüenzas mis pezones firmes por ti. Voy lejos en mi sueño erótico, tan húmedo que me preparó para otro.

Con suavidad me tumba en la cama, aprieto mis labios para que cuando entré no se me vaya a salir tu nombre por “equivocación”. Un movimiento pausado contrasta con las respiraciones aceleradas, me pregunto si él secretamente pensará en una ilegal cuando me tiene, así como yo quisiera meterte en las  sábanas de mi clandestinidad.

No finjo mi placer,  simulo el por quién. Evito sus ojos y concentro los míos en la nada del sexo, lo toco con gusto y me acelero aún más suponiendo que tu buscarías mis entrañas con fuerza, tal como me gusta. Mis piernas intentan cerrarse para sentirlo-te aún más, me cuesta no trazar con mis labios las letras de tu nombre y apellidos.

Le ruego que no vaya tan despacio, que el sexo lento siempre me ha parecido aburrido, él me mira con picardía y acelera notoriamente su compás. No puedo más, necesito gritar tu nombre al silencio y lo quito bruscamente de mí, le pido que me dejé pasar a mi postura favorita “en cuatro como las…p”.

Mi cabello en sus dedos, mis jadeos seguidos de cómo tu mamá te bautizó que sólo yo puedo escuchar, su voz ahogada y tu nombre ahogado en mi ritual. Mis caderas ya no son lentas, se sacuden al aire para contribuir a la agitación, de nuevo sus manos en mis senos y un final cálido recorriendo mi espalda, queriendo más que nunca averiguar cómo te sentirás y cómo me sentiré después de vos. Él me besa y yo lo abrazo, me siento cínica; pero muy complacida.

Alucinación número tres


Tú no lo sabes aún, pero yo he estado bajo tus sábanas en repetidas oportunidades. Bueno, tú te has colado a mi cama y ha sido divertido, claro, lo será más aún cuando el jueguito se consume.
No fue uno de esos hombres que llamara mi atención fácilmente, tardé en relacionar seguidamente su presencia en el espacio diario. Quizá no tenía los elementos físicos que suelen llamarme la atención y fue su personalidad extraña lo que finalmente me cautivó.

Luego comencé a buscar sus ojos, a esperar sus manos rozándome por “equivocación”, a querer estar más a su lado, a unir risas, a extrañarnos, a desearnos.

Hoy, por fin, me animé a decir no importa. Lo esperé y casi sin permiso le pedí un aventón, antes de que la ruta fuera definitiva lo convencí de desviarnos por unas cervezas. Charlamos como siempre, al son de ese insípido coqueteo que siempre frenaba. Pero yo iba decidida.

Bajamos al parqueadero, suerte para mí el último sótano. Me abrió la puerta de su carro, subió y yo hice un movimiento brusco para dejar caer mi teléfono celular en sus pies. Me moví sin pensar hacia su cuerpo encorvado, recogió mi móvil y como una casualidad torpe halló mi rostro muy cerca al suyo. Hasta allá no resistiría.

No me moví, no se movió, segundos eternos de miradas confundidas. Amagué, moví mis labios, le hice evidente qué quería, no dudó más, me besó. No hubo palabras o explicaciones innecesarias. Siguieron los besos, empezaron las manos, las suyas, las mías, la urgencia. Sus dedos suaves trazaron la línea de mi escote, sin timidez como lo imaginé, ahora toda su mano buscó mi sostén y apretó mi seño izquierdo aún cubierto.

Mientras, yo desabrochaba torpemente los botones de su camisa, su pecho apareció ante mis ojos colonizadores y mis manos se fueron a buscar territorios más al sur. Seguíamos en un juego de pasiones postergado por mucho tiempo hasta que la alarma del carro vecino nos recordó el sitio.

-¿Otro lado, o ya te arrepentiste? Me dijo.
-Otro lado, contesté a secas.

-De mí nadie se arrepiente

-Demuéstramelo

Era que el deseo era irremediable, fuimos unos kilómetros lejos de casa y en el primer hueco que vimos se podían concluir las ganas hicimos parada.

Los registros del caso, la búsqueda del numerito, la cerrada de la puerta, la lujuria en acción. Besos húmedos aparecieron sin reservas, acabé de desunir los botones de aquella camisa, desajusté su correa, abrí el botón del placer. Él no quería ropa en mí, me desnudo apresurado y sin más previos que su agitación. Se detuvo un segundo en mis senos y me susurró –tal como los había imaginado-

Sus labios recorrieron mi pecho de múltiples formas, mientras mis manos tocaban lo que tanto había supuesto antes. Me recosté en la cama tímidamente, por absurdo que parezca, detuvo sus ojos un instante en mi cuerpo y con sus manos abrió mis piernas. Se tumbó en medio de ellas, sólo con un roce notoriamente duro. Exploró mi entrepierna unos segundos, miró mi rostro como buscando una aprobación final y muy, muy lentamente se hundió en mis entrañas.

Contrario al desenfreno previo, ahora el acto era lento, permitiéndonos sentir la nueva fascinación de estar en y con el otro. No hubo frases, sólo sonrisas cómplices y quejidos de placer, mucho placer.  Despacio devoramos con fuerza cada centímetro del otro, jugamos a ser viejos conocidos y nos regalamos lo mejor del otro, total era la primera vez de muchas.

Encima, debajo, enredados, de pie, mirando mi almohada, besando su rostro, quitamos las sábanas de tanto mover nuestros cuerpos en la cama, pero indiscutiblemente quería un final con su mirada posada fijamente en los mía. Cogí su rostro con mis manos y él apuró su movimiento cadencioso, su seño comenzó a fruncirse y sus músculos a contraerse, el final estaba cerca. Mi sur se inundó de ganas y de su pecho brotó un sonido ahogado de lujuria, mis dedos se enterraron en su carne, su mirada se concentró en mi rostro y selló el instante con un beso largo.

Se quedó abrazando mi cuerpo unos minutos más, después me preguntó si sabía que esto iba a pasar, eso esperaba, le contesté, sonrió y se tendió a mi lado.

Despierto y ya se ha ido, pero no me apuro lo tengo cuando quiero, está literalmente en mis manos. Por ahora.