Por fin terminaba uno de esos
días en el que el estrés ha sido la constante, afortunadamente era viernes y
las responsabilidades laborales pararían al menos dos días.
No había tenido tiempo de planear
una noche de copas con mis amigas o una cena tranquila con mi chico, en
realidad sólo pensaba estar en casa frente al televisor viendo no sé qué.
Cerré la puerta de mi oficina y
cuando volví la cabeza hacia el parqueadero estaba él, de pie, recostado en su
auto, con una flor roja esperando por mí. Si eso ya me parecía sorprendente era
porque no sabía nada de lo que seguiría.
No vacilé en entrar al carro y
evité besarlo para no favorecer sospechas. Misteriosamente casi ni hablamos, él
sólo sonreía pícaro como quien está a punto de consumar una maldad. Una vez los
recorridos habituales cambiaron drásticamente tuve qué preguntar para dónde íbamos
y qué era toda esa locura.
Sin asomo de inseguridad o
vergüenza me dijo: “hoy no hay preguntas, hoy mando yo… eres mi rehén y serás
mía como y cuando quiera”. Lejos de asustarme un calorcito de aquellos recorrió
mi piel ansiosa.
Ahora la intriga se apoderaba de
mí, el auto seguía alejándose por carreteras desconocidas hasta que se detuvo
en frente de una portada de madera que se abrió activada con un dispositivo
electrónico que tenía en el bolsillo de
su camisa. No conocía el sitio, no tenía idea de quién era, pero era fabuloso.
Unos pequeños faroles alumbraban
una casa pequeña, completamente hecha en madera. Cuando bajamos él me tapó los
ojos y sin aviso alguno apretó mis senos, besó mi cuello y deslizó su mano ágil
dentro de mi jean. Pudo comprobar que su cometido estaba logrado… la humedad
presente delataba que estaba a su merced. Aún estábamos afuera, yo no veía nada
y él empezó a guiarme lentamente, mientras me desnudaba por el camino hasta el
interior de la morada.
De repente sentí un obstáculo de
madera en el que me recostó, una puerta pensé, se acercó a mí y comenzó a
besarme lentamente de arriba hasta abajo. En mi pelvis se detuvo sin hacer
nada, su finalidad: desesperarme. Y una vez vio como mis muslos se apretaban de
deseo, sentí sus dedos buscando mi intimidad, palpando el deseo y aumentando
las ganas. Su cuerpo se pegó al mío y el sonido de una chapa de correa que se
abría delató sus intenciones. Aunque sabía qué venía, la entrada fue sorpresiva,
con fuerza y notoria lujuria. Sólo hizo el movimiento un par de veces y separó
su piel de la mía.
La puerta se abrió, entramos, el
ambiente estaba tibio. Para el momento yo estaba completamente desnuda. Segundos
después me quitó la venda Un salón cálido apreció iluminado por unos velones
grandes, en la mesa de centro dos copas de vino, unos platos vacíos y una caja
envuelta en papel regalo.
“Ven”, dijo. Sirvió un par de
vinos tintos y brindó por mi cuerpo. No terminó su copa y la puso en la mesa,
me agarró de la mano y me tumbó con suavidad en el sofá grande que había en el
salón. Cogió la caja del regalo y me pidió abrirla, presurosa rasgué el papel
y, sorprendida, hallé un vibrador. “Para que juegues, para que juguemos”
explicó. Lo encendí tímidamente, el movimiento era constante, lo arrimé a mi
sur y empecé a explorar sus posibilidades. Él tomó su copa sin terminar y sin avisar
derramó el vino en mi cuerpo.
No hubo que explicar, yo jugué
con mi regalo mientras él colaboraba al éxtasis lamiendo el vino tinto de mí.
De vez en cuando relevaba mi mano y su lengua buscaba mis zonas más sensibles.
No hubo que esperar mucho para que yo volara hasta sitios que sólo se conocen
en esos instantes de fuego y él así lo notó, por eso no demoró más la fusión.
Su vaivén de cadera se unió a la
vibración de aquel objeto y la temperatura subió aún más. Los sonidos de
satisfacción inundaron la habitación y los cuerpos extenuados frenaron su
cadencia vertiginosa.
Recogí mi ropa repartida por todo
el sendero trazado, eso sí, no me la volví a poner hasta muy entrado el siguiente
día. Estaba felizmente raptada.