Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

lunes, 25 de abril de 2011

viernes, 22 de abril de 2011

Días Húmedos

Aprovecharé que este clima de lluvias ha hecho que mis recuerdos se asomen para narrar una de las veces que más me hacen poner los pelos de punta cuando la pienso.
Yo sabía que a él le gustaba mucho que le recibiera visitas en pijama, principalmente si era aquella falda rosada que llegaba hasta la mitad de mis piernas. No recuerdo por qué llegó tan tarde a casa, pero yo ya estaba desesperada pues creía que mis planes se iban a quedar en ganas.
Había imaginado enredarlo en mis piernas hasta que el reloj desapareciera de sus prioridades y tuviera que despertar a mi lado. Mi treta surtió efecto, cuando me vio envuelta sólo en ese pedazo te trapo le fue inevitable esconder su cara de lujuria. Sin embargo, como suele suceder, las cosas no salieron como lo había preparado. Esa noche mi casa se llenó de compañías y las horas comenzaron a pasar sin que pudiera, al menos, encerrarlo en el baño de mi alcoba y sentirlo en mí por un instante.
El cielo estalló en rayos y, así como estos días, la lluvia se desató incontrolable. Los visitantes escaparon y yo dejé volar mi imaginación. Apagué todas las luces de mi apartamento, él, lleno de curiosidad, se dejó llevar. Lo arrastré hasta la zona verde de mi casa y dejé que lo acariciara primero la lluvia torrencial de la madrugada. Cuando estuvo lo suficientemente ansioso, me dejé mojar la piel hasta que la pijama se ciñó a mi cuerpo evidenciando las zonas más protuberantes.
Visiblemente excitado me preguntó que quería hacer, le respondí desnudándome por completo y caminando bajo el agua hasta el garaje. Me eché boca arriba en el carro, abrí un poco mis piernas y lo esperé. Su mirada estaba absorta en cada centímetro de mi blancura, pasmado, quieto e inquieto. Trazó sus pasos de forma segura mientras abría su bragueta, en la noche oscura pude ver con claridad el contorno que aparecía hambriento desde su pantalón. Separó mis piernas con un movimiento leve, cogió mis muslos y me levantó hasta que nuestras pelvis quedaron alineadas, jugueteó un rato desde afuera para estimularme, me besó cada espacio posible. La lluvia me caía furiosa, los golpes de las gotas tenían mis pezones rígidos e inquietos y él lo notó inmediatamente. Cogió mis senos con sus manos y los palpó embriagado de ganas. Él seguía vestido, sólo con lo necesario al aire, la sensación de piel y tela mojada agudizó nuestros sentidos y ansias.
Después de un rato de juegos, hicimos conexión. Las múltiples humedades no se distinguían, lo estábamos haciendo despacio y la posición favorecía una interacción muy profunda, no había por qué apurarnos, mientras durara el aguacero había un estímulo de más para seguir. Fue necesario ahogar nuestras voces de placer pues el lugar era bastante público, igual estábamos demasiado lejos mentalmente como para pensar el la posibilidad de ser vistos. El agua volvió la superficie del automóvil resbaladiza, así que me bajé, le di la espalda y expuse mis nalgas para que hallara su entrada. Una vez en mí, intenté contraerme despacio para que me sintiera más, sabía que esa postura lo elevaría más.
Con el cuerpo completamente inundado, las sensaciones empezaron a ser inevitables. Todo, el sitio, la lluvia, la desnudez y la ropa, los besos y el roce bajo el agua me hicieron tener una de las noches más memorables.
Él trazó una linea por mi espalda con todo su placer y no fue suficiente, así que continuamos en una sesión de pasión hasta que la oscuridad se empezó a disipar. Era hora de huir.
Y como por estos días el cielo no da tregua, serán aprovechadas esta época de invierno para repetir faenas al aire libre.

jueves, 21 de abril de 2011

Egoismo

Ajá, nadie discute el poder del sexo en pareja, pero ¿no les parece que a veces es muy rico el placer propio?
Hoy no habrá historia porque la construiré (la haré físicamente) durante este día helado, pero no me iré sin dejarles una propuesta.
Escápense un rato, huyan a su cuarto o, para hacerlo aún más audaz, en dónde sea que estén y con quién estén, hagan una pausa. Eleven sus pensamientos hasta sus fantasías más oscuras, piensen en ese él o esa ella que los trasnocha y deslicen sus manos hasta su entre pierna. Siéntanse, dense caricias a su ritmo, hagan el amor con ustedes mismos.
Me cuentan si hicieron la tarea...
Auto complacerse te libera... Besos.

martes, 19 de abril de 2011

Alucinación número uno


By Vainilla

Mis dedos habían frenado el movimiento vertiginoso en el terreno húmedo de la autocomplacencia, ahora su posición variaba de acuerdo a cada estímulo que él provocaba. Eran sus dedos los que habían relevado los míos y obligaban mis manos a atarse con fuerza de la misma nada.
Sé que lo pensé mucho y no recuerdo en qué momento o por qué le dije que sí. Creí que mientras recorría la distancia que me separaba de su cuerpo podría contestarme esas y otras preguntas; sin embargo cuando pude regresar de no sé dónde ya me encontraba desnuda, tumbada en su cama grande con su cuerpo moreno rozándome hasta la culpa.
Sus manos cambiaron la ruta sureña, de un movimiento abrupto me ataron por la cintura e hicieron girar mi cuerpo hasta que mi boca besó sus sábanas verdes. La característica humedad de una lengua excitada comenzó el recorrido un poco más debajo de las rodillas, pequeñas caricias pincelaron la cara interna de mi muslo hasta hallar el objetivo hirviente de ganas. Hizo uso de unas destrezas particulares para lograr acariciar lo más sensitivo de mí desde atrás. Estaba al borde de la demencia, he de confesarlo, no podía más que emitir sonidos de gusto en señal de placer.
Él estaba excitado, podía notarlo con el cambio de ritmo en su respiración y lo confirmé cuando, inesperadamente y sin pedir permiso, entro en mí con toda su fuerza. Se apeó de mis hombros y empezó a moverse con esa brusquedad que me encanta.
Yo le había dicho que le prohibía palabras cuerdas, diálogos con sentido y preguntas absurdas, así que dejó aflorar su instinto más animal y se limitó a cumplir todo lo que me había prometido por teléfono.
Sus manos se enredaron en mi cabello hasta hacerme subir la cabeza, me besó el cuello con brusquedad y volvió a cambiarme de postura. Me levantó de la cama, cerró la puerta de su cuarto y me arrastró hasta el espejo de cuerpo entero que tenía en la pared. Estregó mis senos contra él y volvió a penetrarme, la vista era inmejorable y su cara de lujuria inspiradora. Así estuvimos unos minutos, hasta que me volví e incumplí la promesa que le había hecho: no besarlo en los labios. Él sintió que había logrado desatarme de mi moral, que era suya completamente.
Lo tiré en la cama, abrí mis piernas y lo entré en mí. Comencé una danza de caderas que hasta hoy ningún hombre ha podido resistir, sus ojos se cerraron y tenía que morderse los labios cada que giraba mi cintura en su pelvis. Sentía que estaba cerca del cielo así que el corazón de mi mano derecha regresó hasta ese pequeño productor de éxtasis y las estrellas se acercaron a toda velocidad. No sé cuánto duró, pero cada espasmo de mi cuerpo me envolvía en esas sensaciones imposibles de explicar de un orgasmo monumental. Gemí, agarré mi pelo y aruñé su pecho, él se quería enloquecer de ganas y yo me incorporé rápidamente para complacer sus tentaciones. Lo rodeé con mis labios mientras se ponía más rígido cada instante, hice con mi lengua lo que tanto ama hasta que sentí que sus fluidos inundaban mi garganta y un grito grave se ahogaba en una almohada.
Aún desnuda, complacida, pero no satisfecha caminé hasta el bañó, me volteé, lo miré y le hice señas de aquellas mientras abría la lleve del agua caliente y pensé: vale la pena ser infiel.