Los secretos de Vainilla son

Cuentos eróticos, fantasías en letras, crónicas de sexo. Llámalo cómo quieras. Aquí un espacio no sólo mio para que, sin vulgarizar, expresemos eso de lo que no podemos hablar.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Alucinación número 2


Hace días no venía a divulgar uno de mis secretos, pero no ha sido falta de cuentos, quizá es justamente lo contrario... Aquí una nueva alucinación

Era una noche como cualquiera, había estado entretenida haciendo zapping hasta casi la media noche. Ese día ni siquiera habíamos hablado y como era tarde ya no quise importunarlo.
Me puse ropa cómoda, ni siquiera un pijama, simplemente algo con lo que pudiera dormir sin opresiones en el cuerpo y he de confesar que no era nada sexy.
Me metí entre mis sábanas frías y por un momento añoré que estuviera  a mi lado.
Prendí la radio y abrí el libro que tenía en mi mesa de noche, leí unas cuantas hojas hasta que sentí que Morfeo me atrapaba en sus brazos. Apagué la luz y me quedé dormida no sé cuantos minutos u horas hasta que el sonido de mi móvil me devolvió a la realidad. Por un instante creí que era la alarma anunciando la hora de iniciar actividades, pero apenas pude medio reaccionar vi que era él llamando. Contesté y antes de que pudiera decir algo, él me dijo que abriera la ventana de mi habitación.
Aún sin comprender mucho lo hice y para mi sorpresa estaba allí. No dijo mucho, sólo pidió que le abriera la puerta y yo, sorprendida, tampoco pregunté y me limité a hacer lo que decía. No me saludó, no pronunció ni emitió ningún sonido, tampoco podíamos despertar a mis padres, se limitó a arrinconarme contra la pared y empezó a besarme desenfrenadamente. Aún no había despertado del todo y no entendía bien lo que pasaba, pero sus manos ya estaban metidas dentro de mi ropa, acariciando cada espacio de piel que podía, besando mi cuello y mis labios con rabia, con su pelvis pegada a la mía insinuando movimientos sexuales, completamente concentrado en un instante de lujuria inolvidable.
Claro que estaba sorprendida y él no me decía nada, tampoco me atrevía a romper el silencio, además qué habría podido decir ¿qué haces aquí? A esas alturas era más que obvio. Y bueno, asustada y todo estaba completamente excitada con su locura.
Empecé a corresponder sus acciones y pronto estábamos envueltos en una danza de deseo. Primero sentimos con la ropa encima y con caricias tan agresivas que recorrimos toda la pared, cuando llegamos a la otra esquina me susurró “no aguanto más” y me bajó los shorts, levantó mi camisa y apretó mis senos con fuerza, luego pasó su lengua para mitigar la sensación. Se concentró en mis pezones un instante para que yo me enfocara en esa sensación y me tomara por sorpresa, y sintiera más especial cuando de repente y sin avisar me penetró.
No había ninguna luz encendida, todos dormían y jamás pude saber qué hora era en realidad. Su cometido se cumplió cabalmente, la entrada de su sexo se sintió en cada poro de mi piel y produjo un hueco en el estómago. De inmediato los fluidos corporales aumentaron y las ganas respondieron de la misma forma. Estaba completamente a su merced, me era imposible reaccionar cuando estaba envuelta en ese cúmulo de sensaciones y de placer. Después de estar un rato teniendo sexo contra uno de los muros de mi casa, me tomó de las nalgas y me levantó, me llevó hasta el pollo de la cocina y lo improvisamos como lecho. Tomó mi rostro y me miró con ganas, clavó sus ojos en mis senos y luego en mis labios, me besó largo rato hasta que pude sentir que el movimiento de su boca se apuraba y que me apretaba fuerte contra él, un leve gemido salió de su voz y sólo por ese instante cerró sus ojos y los apretó unos segundos.
Permaneció junto a mí unos minutos, en silencio como todo el acto, pasaba sus manos despacio por mi rostro y ahora el aura de deseo se había vuelto de ternura.
Quince minutos más tarde se vistió y salió de la misma forma en que entró y yo me fui de nuevo a la cama sin entender si había vivido o soñado una de las faenas más improvisadas y divertidas de mi existencia.